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¿Nueva Constituyente? ¿Tropieza Chile con la misma piedra?

La propuesta de nueva constitución fue rechazada nada menos que por el 62% de los votantes (REUTERS/Ailén Díaz)
La propuesta de nueva constitución fue rechazada nada menos que por el 62% de los votantes (REUTERS/Ailén Díaz)

La propuesta de nueva constitución fue rechazada nada menos que por el 62% de los votantes. En el plebiscito votaron 13 de 15 millones habilitados, y probablemente en la historia de Chile no había existido una elección con esos números y participación.

No solo ese resultado, ya que las cifras fueron contundentes a todo nivel, toda vez que las 16 regiones del país rechazaron al igual que 338 de las 346 comunas. Las diferencias a favor del rechazo fueron incluso mayores en algunas localidades de mayor porcentaje de población indígena.

Las encuestas habían anticipado el triunfo, pero nunca por estos márgenes, y quizás es esta contundencia la que explica que tuviera fuertes repercusiones en toda la región latinoamericana, leyéndose en clave nacional en países como Brasil, Colombia, Venezuela, y otros, por cierto, con reacciones a favor y en contra.

La reforma constitucional que permitió la Convención era muy clara, y si ganaba el Apruebo, la nueva carta fundamental comenzaba a regir de inmediato por supremacía constitucional, pero si ganaba el Rechazo, se regresaba a lo que disponía la constitución vigente, es decir, que el poder constituyente se radicaba en el Congreso, uno recién electo, junto con el presidente Boric. Cualquier otra alternativa necesitaría de una nueva reforma constitucional.

Por lo demás, la Convención solo fue posible porque existió una delegación de sus facultades por parte del Congreso, tanta claridad existía que, durante el funcionamiento de la constituyente, se discutió y aprobó una reforma constitucional, la que se conoce como la de los 4/7. Es decir, nada que discutir en torno a las atribuciones del Congreso, absolutamente de acuerdo con los postulados republicanos, democráticos y con la legalidad, por lo tanto, legitimidad absoluta. Hay, por lo tanto, un camino sin problemas para el diálogo, y otro, lleno de problemas, como sería repetir la convención.

Una mesa electoral del pasado domingo en Chile (REUTERS/Rodrigo Garrido)
Una mesa electoral del pasado domingo en Chile (REUTERS/Rodrigo Garrido)

En lo personal, supuse que era una oportunidad, una nueva oportunidad para que la clase política se reivindicara, dada su responsabilidad en el proceso experimental que ha finalizado con el plebiscito.

Incluso, parecía ser el momento para un gran acuerdo nacional, que buscara iniciar esta nueva etapa del país con un Pacto por Chile, de colaboración más que de confrontación, para regresar a una democracia de acuerdos y de consensos básicos, como aquella que permitió después de la derrota del General Pinochet, algunos de los mejores años de la historia del país, junto con el retorno a la democracia.

Fue mi equivocación. Ni siquiera transcurrió un día cuando se hizo presente una de las peores desviaciones de la democracia, la partitocracia o partidocracia, término que tiene una connotación que va desde lo analítico a lo peyorativo. Se usa para describir el poder excesivo de los partidos políticos en un sistema democrático, es decir, una forma de secuestro de la voluntad popular, ya que, en vez de representar al pueblo, son las directivas partidarias las que violentan su carácter de simple representación, para asumir por si y ante sí la soberanía efectiva.

Y algo así es lo que estaría pasando, ya que no habían pasado dos días para que se reunieran en La Moneda, y saltándose todo lo que había ocurrido el domingo 4, comunicaran al país algo sorprendente, que anulaba en la práctica lo que había votado la inmensa mayoría. La reunión de los partidos con representación parlamentaria fue resumida por Camila Vallejo, la ministra portavoz: “Tuvimos una instancia con muy buenos ánimos y términos para continuar este proceso y llegar a una nueva constitución”, dando por hecho un nuevo proceso constituyente, y como es lógico, un gobierno derrotado la consideraba “una muy buena noticia para Chile”.

Exactamente aquello a lo que el 62% le había dicho no. Fue una reunión, donde se puede suponer, que no hubo nada de la terrible superioridad moral que se había instalado en el debate chileno.

Lo que estaría pasando es también ejemplificado por aquella ciudadana a pie que se acercó a un senador de oposición que se dirigía al palacio de gobierno, y calmadamente le preguntó quién le había concedido la representación para modificar la votación popular. Por cierto, nada la pudo contestar, solo darse media vuelta. Era la derecha chilena actuando como la derecha chilena.

Supuestamente la fundamentación viene de octubre del 2020, cuando como forma de superar la violencia que había aparecido en las calles el año anterior, tuvo lugar un plebiscito de entrada a la Convención, donde el 78% respondió que quería una propuesta de nueva constitución y un porcentaje similar quiso que se hiciera por gente nueva, sin participación de senadores o diputados en ejercicio, aunque, en pandemia, con la concurrencia de menos de la mitad de los votantes.

Este argumento simplemente no vale, ya que siempre se entendió que todo finalizaba en el plebiscito de salida del día 4 de septiembre, ya fuera con la aprobación o el rechazo. El 62% no solo fue un voto en contra del borrador que se propuso, sino también de repudio a todo lo que acompañó a la Convención, es decir, la intolerancia, el maximalismo y un intento refundacional para cambiar radicalmente lo que era Chile.

Personas votan en Santiago, Chile (REUTERS/Ailén Díaz)
Personas votan en Santiago, Chile (REUTERS/Ailén Díaz)

La rapidez de los últimos acontecimientos muestra que hubo acercamientos y acuerdos anteriores. De hecho, los mismos que estuvieron en la reunión de La Moneda aparecieron en las pantallas televisivas el mismo domingo. Y vale la pregunta de la señora en la calle al senador: quién los habría designado en representación de ese 62% y en qué calidad hablaban.

Chile se estaría equivocando de nuevo, no se va a dar el Pacto por Chile de los demócratas, con un regreso del centro político hoy irrelevante, y que dejara afuera a las fuerzas no democráticas. No. Se estaría haciendo presente algo que le causa daño a la democracia, el secuestro de la voluntad del pueblo soberano, por sus supuestos representantes.

Además, muy poco ético, ya que pone a Chile en la misma ruta de los Maduro y de Evo, la de repetir elecciones e insistir hasta que por fin les resulte. Lo triste es que hubo una votación histórica y clarificadora, solo para que aparecieran dirigentes y partidos, para informar que querían intentar de nuevo aquello que había fracasado y había sido derrotado, no un dialogo siempre bienvenido, sino una nueva Convención.

Incomprensible desde toda lectura republicana y democrática.

Incluso daría pie para pensar que los acontecimientos que se presenciaron en el cambio de gabinete estaban cronometrados para coincidir con lo descrito.

De hecho, lo más llamativo del cambio de gabinete fue el ingreso a los ministerios más importantes de quienes habían hecho su carrera política muy cerca de la ex presidenta Bachelet, lo que no fue un ingreso menor, ya que corresponden a las líneas políticas permanentemente criticadas por el presidente Boric y la primera línea del Frente Amplio, en su carrera de una década hacia el poder.

Un cambio que marca la presencia de una generación que había recibido críticas y desprecio de las actuales autoridades. No solo eso, sino que también coincide con un texto hecho público el 6 de septiembre, firmado por un grupo de 13 senadores del Partido Socialista y del Partido por la Democracia, exactamente aquellos a los que pertenecen estas nuevas ministras, partidos claves por tener presencia en dos mundos, el histórico de la Concertación y también el de la actual coalición de gobierno, y por lo mismo, con mucho poder de bisagra en el nuevo escenario.

Allí se habla de una nueva Convención, con un plebiscito hasta con fecha del 23 de agosto del 2023, 100 miembros electos, listas paritarias de partidos, con una representación de pueblos originarios en forma proporcional a sus electores y otros detalles. Es decir, una repetición de lo fracasado y rechazado, salvo en un punto de interés para todos los partidos, no habría competencia a su monopolio por parte de listas independientes, sino que estos tendrían que integrarse a las de los partidos, y no podrían correr en forma separada.

No es exageración, sino que está pasando delante de nuestros ojos. Pensé que a la clase política se le abría una oportunidad para rehabilitarse. Tomaron el camino equivocado de despreciar la única voz a la que no se le debiera hacer eso en democracia, la del pueblo.

No habían desaparecido, aparentemente solo se habían escondido durante el periodo plebiscitario, ya que sus niveles de desaprobación son transversales y muy altos. Reaparecen con esta sorpresa, mala sorpresa la que la partitocracia le da a millones, malo para la ética pública, la democracia y la república.

Aún peor, sospecho que este acuerdo cupular ya cocinado, en un país cansado, podría darles resultado.

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