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La belleza del día: “The Billy Boys”, de Jack Vettriano

“The Billy Boys" o "Los chicos de Billy” (1994, colección privada) de Jack Vettriano
“The Billy Boys” o “Los chicos de Billy” (1994, colección privada) de Jack Vettriano

A Jack Vettriano se lo reconoce fácil por su estilo: una iconografía idealizada y casi cinematográfica que recuerda a Edward Hopper mezclado con un toque de aquellas ilustraciones de las revistas literarias de mitad de siglo XX. En el mundo del arte su nombre ha crecido como una marca destacada que todos quieren tener. Al menos es lo que se ve cada vez que una de sus obras sale a subasta. Casi si presencia en los museos, Vettriano vende todo lo que pinta.

Su obra más importante es The Singing Butler (El mayordomo cantante), un óleo sobre lienzo que se vendió originalmente por cuatro mil euros en 1992. Luego, en 2004, cuando volvió a ser subastada, llegó a los 970 mil euros. Su producción es verdaderamente enorme. En su página web ofrece pósteres y postales: con los derechos de reproducción obtiene, según The Guardian, más de medio millón de euros por año.

Muchas de sus obras han sido tapas de libros, como las ediciones de Anagrama de Días del Arenal de Soledad Puértolas, El último libro de Sergi Pàmies de Sergi Pàmies o El tiempo entre costuras de María Dueñas. Pero tal vez muchos lo reconozcan por la portada de Los detectives salvajes, la gran novela de Roberto Bolaño publicada en 1998. El título de ese cuadro es The Billy Boys, un óleo sobre lienzo de 1994, y tiene varias referencias.

El propio Vettriano dijo que se inspiró en un póster de la película Reservoir Dogs, traducida al español como Perros de la calle, estrenada en 1992: el debut como director de Quentin Tarantino. Cuando le preguntaron, respondió: “Creo que fue Picasso quien dijo que algunos artistas piden prestado, yo robo”. Además, el título da cuenta de una famosa pandilla callejera protestante en el área de Bridgeton en Glasgow dirigida por Billy Fullerton: The Billy Boys: Los chicos de Billy.

“El mayordomo cantante”, de Jack Vettriano
“El mayordomo cantante”, de Jack Vettriano

Jack Vettriano nació en la ciudad de Fife, Escocia, en 1951, y no llegó a terminar el secundario. Abandonó para trabajar en las minas. Un día, no cualquier día, sino el día en que cumplía 21 años, su novia le pidió que cierre los ojos. Cuando los abrió tenía frente a un él una caja llena de acuarelas. Así empezó la historia, en el tiempo que no trabajaba, como un hobby, como una forma de “desconexión”, a pintar cuadros y experimentar en el arte de la pintura.

Hasta los 39 años se dedicó a copiar obras de El Greco, Dalí y los pintores impresionistas. Necesitaba definir su estilo y depurar su técnica. Empezó firmando como Jack Hoggan, su nombre de nacimiento. Su primera pintura fue una copia de Poppy Fields de Claude Monet. En 1984 presentó por primera vez su trabajo a una exposición de arte patrocinada por Shell, la famosa compañía holandesa de petróleo y gas en el museo.

Tres años después se separó y se mudó a Edimburgo. Vida nueva, se dijo. Allí adoptó el apellido de su madre y solicitó el ingreso a Bellas Artes en la Universidad de Edimburgo, pero fue rechazado. En 1988 presentó dos cuadros a la Royal Scottish Academy. La sorpresa no sólo fue que esas obras fueran aceptadas, sino que se vendieron el primer día de la exposición. Al año siguiente volvió e inició su carrera como artista.

“La fiesta terminó”, de Jack Vettriano
“La fiesta terminó”, de Jack Vettriano

Empezó a exponer en diferentes galerías. Las obras gustaban, se vendían y recibían sustanciosos halagos. Entonces cruzó la frontera y ofreció exposiciones individuales en ciudades como Londres, Hong Kong y Johannesburgo. En 1992 llegó a Nueva York: exhibió 21 pinturas en la Feria Internacional de Artes del Siglo XX en The Armory. Más de 40 coleccionistas del Reino Unido volaron para el evento y se vendieron 20 pinturas en la noche de apertura.

En 1996 el empresario gastronómico Terence Conran le encargó, para su nuevo restaurante en Londres, una serie de siete pinturas inspirada en la vida del famoso corredor inglés Malcolm Campbell. En 1999, cuando se cumplieron 75 años del récord de velocidad del piloto, Vettriano hizo un gran negocio: con Heartbreak Publishing, su propia compañía editorial, produjo impresiones firmadas y de edición limitada de las siete pinturas.

En 2007, las obras colgadas en el restaurante fueron subastadas por Sotheby’s y obtuvo más de un millón de euros. Para entonces ya era un personaje de la farándula aristocratizada: en 2003 recibió la Orden del Imperio Británico por Servicios a las Artes Visuales durante una ceremonia en el Palacio de Buckingham. Jack Nicholson, Sir Alex Ferguson, Sir Tim Rice y Robbie Coltrane son algunos de los coleccionistas que tiene obras suyas.

"El vestido azul", de Jack Vettriano
“El vestido azul”, de Jack Vettriano

Así logró que su status tuviera exclusividad. Cuando el famoso golfista Colin Montgomery le pidió que lo retrate para la Galería Nacional de Escocia, Vettriano se negó. La prensa le preguntó por qué. “No pinto a hombres con tetas”, respondió. “No quiero ser descortés. Yo estaba en Francia cuando me llamó mi agente con esa propuesta. Me dijo que me lo pensara y le contesté que me lo había pensado y mi respuesta era no”.

Podría decirse que no es un pintor aclamado por la crítica, aunque se han publicado varios libros sobre sus obras y su vida. En general, la prensa especializada sostiene que su estilo es superficial, incluso lo han acusado de plagio. Para Jeffrey Archer, Vettriano es un pintor de “erotismo tenue” que hace “porno suave mal concebido”. Para Sandy Moffat, jefe de dibujo y pintura en la Escuela de Arte de Glasgow, “no puede pintar, solo colorea”.

Pero las frases se continúan: “un estilo elegante y vacío”, “una fantasía masculina grosera”, “mero papel tapiz, demasiado simplista en ejecución y tema, demasiada obviedad erótico”, “puro esnobismo”. Hubo un crítico de arte, David Lee, que en 2004 dijo que “ninguna de las obras de Vettriano están en una colección nacional, regional o municipal, porque es popular”.

Luego afirmó que “si administramos nuestras bibliotecas públicas como administramos nuestras galerías públicas, solo comprando Ulysses, en lugar de comprar también a Jilly Cooper, todos se quejarían”. En algún punto este crítico tiene razón. Sin embargo, nadie puede obligar a los museos a seguir el pulso del mercado. Poco le importa a Vettriano, uno de los artistas más vendido del mundo. La pregunta es si lo seguirá siendo cuando muera, si su arte lo trascenderá.

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