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Javier Marías, uno de los mejores novelistas en español, murió a los 70 años

Especial para Infobae de The New York Times.

Autor de libros mayores como “Corazón tan blanco” y “Tu rostro mañana”, escribió una obra acogida por el gran público y también aclamada por la crítica.

Javier Marías, un novelista español cuyo estilo elegante y tramas intrincadas centradas en el espionaje, el asesinato y la traición le valieron comparaciones con Marcel Proust e Ian Fleming, murió el domingo en su casa de Madrid. Tenía 70 años.

Su editorial, Alfaguara, dijo que la causa fue una neumonía.

Aunque no era especialmente conocido en Estados Unidos, Marías fue uno de los pocos escritores que combinó los elogios de la crítica con un éxito de ventas: vendió unos ocho millones de ejemplares de sus 14 novelas, cuatro libros de cuentos y decenas de colecciones de ensayos. Sus libros se tradujeron a 46 idiomas; su novela de 1992 Corazón tan blanco —que se publicó en inglés en 1995— vendió 1,3 millones de ejemplares solo en Alemania.

Marías ocupó una posición de prestigio en la cultura española que sería casi inconcebible para un autor estadounidense. Sus novelas eran recibidas como si fueran películas de verano, recibió prácticamente todos los premios disponibles para un escritor en español y se le consideraba regularmente como favorito para ganar el Premio Nobel de Literatura, uno de los pocos galardones que no recibió. La mayoría de los críticos lo consideran el mejor escritor español contemporáneo; algunos dijeron que el mejor desde Miguel de Cervantes.

Fue más que un novelista famoso. Marías escribía una columna semanal muy leída en El País, el periódico más importante de España, en la que exponía sus opiniones sobre todo tipo de temas, desde los carriles para bicicletas (que odiaba) hasta el gobierno español (que también detestaba, independientemente del partido en el poder).

Cultivó una imagen pública de cascarrabias, pero en persona era generoso e ingenioso, invitando a los entrevistadores a largas conversaciones en su estudio poco iluminado, con los dedos apretando un cigarrillo siempre presente. (Una columna que escribió en 2006, para The New York Times, fustigaba las leyes antitabaco de Madrid como “mucho más propias de Franco que de una democracia”).

Marías escribía con un estilo discursivo en bucle, que los críticos comparaban a menudo con el de Henry James o Laurence Sterne, cuyo epigrama “Progreso mientras divago” Marías tomó como lema personal.

Conocía muy bien a Sterne: a los 25 años tradujo al español la famosa y difícil novela del escritor irlandés Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy (1759), una de las varias obras británicas y estadounidenses que tradujo a su lengua materna.

Aunque realizó la mayor parte de su trabajo de traducción cuando era un veinteañero, Marías hizo del personaje del traductor —y de la idea de la traducción, en todas sus acepciones— un tema central en su obra. Cantantes de ópera, directores, espías: en su ficción todos ellos se enfrentan a la tensión entre la urgencia de conocer y la dificultad de comprender.

Sus novelas nunca fueron abiertamente políticas, pero trataron muchos de los temas que han ocupado a la sociedad española desde la caída del régimen fascista del país en los años setenta: la traición, la memoria, la ambivalencia moral y el peso inesperado del pasado.

En Corazón tan blanco, por ejemplo, los personajes Juan y su esposa, Luisa, exploran el pasado oculto del padre de él, incluidos sus varios matrimonios fallidos. Los enamoramientos (2011; publicado en inglés en 2013) sigue a una mujer arrastrada a un misterio sobre un asesinato.

A menudo, Marías ha tratado estos temas a través de tramas extraídas de la ficción, especialmente de los thrillers de espías y los misterios de asesinatos. Su novela en tres partes Tu rostro mañana (2002-2007; publicada en inglés entre 2005 y 2009) sigue a un traductor español que es reclutado por la inteligencia británica.

“Contar es casi siempre un regalo”, escribe Marías en el primer volumen de la obra, “incluso cuando lleva e inyecta veneno el cuento, también es un vínculo y otorgar confianza, y rara es la confianza que antes o después no se traiciona”.

Aunque fue un acérrimo opositor a Francisco Franco, el dictador que dirigió España entre 1939 y su muerte, en 1975, Marías fue en contra de los instintos de muchos de sus compañeros liberales al mantenerse escéptico, incluso crítico, con el impulso público de insistir en el recuerdo de la época fascista.

“Algunas cosas son tan malvadas que es suficiente que simplemente hayan ocurrido”, le dijo a un periodista de The New York Times Magazine en 2019. “No necesitan una segunda existencia en la narración”.

Luego, volviendo a su familiar ambivalencia, dijo: “Bueno, eso es lo que pienso algunos días”, y agregó: “Otros días pienso lo contrario”.

Javier Marías Franco nació el 20 de septiembre de 1951 en Madrid, hijo de Julián Marías, filósofo, y de Dolores Franco, una escritora no relacionada con el dictador que gobernaba el país. De hecho, su padre, seguidor del filósofo José Ortega y Gasset, se había opuesto a Franco durante la Guerra Civil española y estuvo a punto de ser ejecutado después. Recibió un indulto de última hora, pero se le prohibió dar clases.

Cuando Javier tenía unos meses, la familia se trasladó a Massachusetts, donde su padre tenía cátedra de profesor visitante en el Wellesley College. Otro puesto temporal, unos años más tarde, los llevó a New Haven, Connecticut, donde su padre daba clases en Yale.

El hogar de los Marías era liberal e intelectual, y Javier devoraba los libros, especialmente los de aventuras de Joseph Conrad y Robert Louis Stevenson. A los 17 años se escapó a París para pasar un verano con su tío Jesús Franco, director de películas de serie B (Las vampiras; Virgen entre los muertos vivientes) y pornógrafo ocasional al que Marías llamó más tarde “algo así como el Ed Wood español”.

Javier tradujo guiones para su tío, vio decenas de películas en un cine cercano y escribió su primera novela, Los dominios del lobo, publicada en 1971, cuando solo tenía 20 años.

Regresó a España para estudiar en la Universidad Complutense de Madrid y se graduó en Filosofía y Letras en 1973. Escribió otra novela, y luego pasó los siguientes años como traductor, encargándose no solo de novelas, sino también de poesía, incluyendo volúmenes de Wallace Stevens, William Butler Yeats y John Ashbery.

La carrera de Marías como traductor culminó cuando, de 1983 a 1985, dio clases en la Universidad de Oxford sobre teoría de la traducción. Su estancia en Oxford le dejó un cúmulo algo arcaico, incluso anticuado, de expresiones inglesas y el argumento de una de sus novelas de mayor éxito comercial, una sátira universitaria titulada Todas las almas (1989).

Después de Oxford, Marías regresó a Madrid y, aparte de una rarísima excursión como profesor visitante, se quedó más o menos allí, viviendo en un apartamento polvoriento y lleno de libros en una de las plazas más antiguas de la ciudad.

Le sobreviven su esposa, la editora Carme López Mercader, y sus hermanos Fernando, historiador de arte; Miguel, crítico de cine y economista; y Álvaro, músico.

A principios de siglo, Marías se había convertido en una figura literaria indiscutible en España, y eso fue antes del triunfo de Tu rostro mañana, una epopeya que los críticos compararon con En busca del tiempo perdido de Proust o el Ulises de Joyce.

Llevaba su fama a la ligera, y bromeaba diciendo que esas comparaciones decían menos sobre su talento que sobre un declive general de los logros literarios. Cuando Los enamoramientos ganó el Premio Nacional de Narrativa, uno de los mayores galardones literarios de España, rechazó los 20.000 euros del premio, y dijo que no quería estar en deuda con ningún gobierno.

Sin embargo, sí mantuvo una relación de este tipo: en 1997 se convirtió en rey de Redonda, una isla deshabitada del Caribe. El ficticio Reino de Redonda es una especie de chiste entre artistas europeos, que ocupan el trono y forman la mayor parte de su nobleza. Después de que su predecesor, el escritor Jon Wynne-Tyson, abdicara en su favor, Marías adoptó el nombre real de Xavier I.

Al igual que la mayoría de los monarcas modernos, su papel fue en gran medida ceremonial, siendo su principal deber dispensar títulos nobiliarios a otras personalidades artísticas: nombró al director de cine Pedro Almodóvar duque de Trémula y a Ashbery, duque de Convexo.

Al cierre de esta edición, no se había nombrado un sucesor del rey Xavier I, aunque varios pretendientes reclaman el trono como suyo.

Clay Risen es reportero de obituarios de The New York Times. Anteriormente, fue redactor sénior en la sección de Política y editor adjunto de ensayos en la sección de Opinión. Es autor, más recientemente, de Bourbon: The Story of Kentucky Whiskey. @risenc

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