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Funcionarios y empresarios: el arte del lobby

Alberto Fernández, en un encuentro con empresarios
Alberto Fernández, en un encuentro con empresarios

Todos los días la prensa informa sobre la realización de seminarios y conferencias donde participan funcionarios del Ejecutivo, Congreso de la Nación y Poder Judicial, los CEO de las principales firmas y profesionales expertos. También trascienden reuniones, cenas o entrevistas al más alto nivel con el propósito de intercambiar opiniones y en la mayoría de los casos formular explicaciones y también recibir sugerencias sobre las orientaciones de la política en especial en el área económica.

Esta forma de operar alcanza al Presidente de la Nación y los principales referentes de los partidos políticos. Los invitados son agasajados y celebran la convocatoria porque muestra el nivel de acceso a los intrincados laberintos en los cuales se distribuye el poder de decisión. Nada de esto se parece a la tarea de lobistas por determinados proyectos, aunque tienen mucha similitud porque siempre sirve tener una puerta abierta en un ámbito donde la información última o una llamada tienen un valor especial.

La reiteración de estos contactos plantea un interrogante sobre los motivos que tienen los funcionarios de mantener este tipo de encuentros para transmitir primero explicaciones y convencer a los interlocutores sobre lo acertado del rumbo, como si las leyes, decretos o regulaciones no fueran suficientes para disipar las dudas y hubiera que someterlas a una prueba privada de la cual participan pocos oyentes, dejando a los ausentes, la mayoría, en el limbo. La recurrencia a esta clase de manejos en el mejor de los casos confirma el escaso grado de coherencia o de comprensión en la aplicación de las disposiciones y tampoco sirven para disipar las incertidumbres a pesar de las muestras de empatía.

El segundo aspecto para encontrar alguna razonabilidad a estos encuentros es la urgencia por recoger las opiniones de los oyentes para formular las políticas de gobierno. En los últimos años no ha sido posible leer en las plataformas electorales planes de gobierno coherentes que cubran las diferentes áreas para permitir su ejecución durante el plazo de permanencia en el poder. Los programas no pasan más allá de esbozos generales; muchas veces repiten los eslóganes utilizados durante las campañas electorales, que complican la ejecución y requieren de modificaciones para su adaptación a la realidad agregando un dilema más a la incertidumbre general.

La improvisación pareciera la norma más que una casualidad. La falta de cuadros especializados en los partidos políticos impone una elaboración que va haciéndose sobre la marcha aún en cuestiones básicas. Las designaciones responden más a la adhesión que a los conocimientos o estudios que se hayan realizado para las diferentes carteras. Si bien en el pasado la Argentina contaba con instituciones que miraban el largo plazo para definir las principales orientaciones y obras, en la actualidad todo ese panorama aparece disperso requiriendo de tiempos para la preparación. El plazo de cuatro años para ejecutar una política es breve si no se tiene preparado lo que va a hacerse desde el primer día.

Estas reuniones que suelen ser generosas en los menús para no desperdiciar la ocasión constituyen más un signo de debilidad que de fortaleza. Como las medidas no convencen es necesario dar lugar a un contacto personal para esclarecer el significado o solicitar comprensión ante las dificultades. Se convoca para ganar la confianza, como si los oyentes no entendieran el significado de la palabra escrita, no contaran con sus informes privados y fuera necesario explicárselos personalmente. Esta tarea de lobby de ida y vuelta o de favores recíprocos no forma parte de la vida democrática donde solo participan algunos que suelen ser, por otra parte, los que menos necesitan para conocer qué pasa en el país.

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