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Chile, lecciones del plebiscito en Colombia

El presidente de Chile, Gabriel Boric, asiste a una ceremonia de conmemoración en el 49º aniversario del golpe militar que derrocó al gobierno de Salvador Allende y condujo a su muerte en el palacio presidencial de La Moneda, en Santiago de Chile el 11 de septiembre de 2022 (Reuters)
El presidente de Chile, Gabriel Boric, asiste a una ceremonia de conmemoración en el 49º aniversario del golpe militar que derrocó al gobierno de Salvador Allende y condujo a su muerte en el palacio presidencial de La Moneda, en Santiago de Chile el 11 de septiembre de 2022 (Reuters)

Luego del tremendo resultado electoral de hace unas semanas en el que los ciudadanos le dijeron NO -así, en mayúscula- a la nueva constitución, ahora la izquierda chilena quiere reproducir lo sucedido en Colombia en el 2016. Quieren revivir un muerto.

En el 2016 el entonces presidente de Colombia Juan Manuel Santos puso el acuerdo de paz negociado con las FARC en manos de los colombianos. En un plebiscito los ciudadanos votaban sí o no. Es más, se cambiaron las reglas del juego para que las mayorías calificadas necesarias, según la ley, se redujeran a una mayoría simple, es decir por un solo voto se ganaba o se perdía el plebiscito. Con ese cambio querían facilitar el triunfo pues lograr el favor de más de la mitad de los votos del censo electoral en un país sin voto obligatorio es casi imposible.

Pues bien el cambio tampoco sirvió ya que los colombianos en un voto inesperado, negaron la aprobación del texto de la negociación de paz con las FARC. No le dijeron NO a La Paz. Le dijeron no a ese texto que incluía todo tipo de prebendas a las FARC: impunidad, poca reconciliación, poca atención a las víctimas y cambiaba la narrativa de una guerra terrorista contra una democracia por una lucha social armada y legítima donde la guerrilla tenía el mismo estatus de una Fuerza Pública colombiana que solo defendió la democracia y las libertades durante décadas.

¿Que pasó en Colombia? Aquí comienzan las lecciones que el pueblo chileno, y su clase dirigente, deben aprender pues lo sucedido en mi país dejó una nación fracturada, una paz inestable, y un problema de violencia que supuestamente debía resolverse y no se resolvió.

Es más, la falta de legitimidad que ese proceso electoral dejó en esa mitad de votantes nunca se logró resolver y al contrario lo que se impuso finalmente produjo en un unos sectores sociales, afortunadamente de derecha y centro derecha que no recurren a mecanismos extremos como si lo hace la izquierda, una decepción y una desilusión con el sistema electoral y con la democracia colombiana que aún hoy se viven.

Quienes sentimos ese dolor democrático y esa violación a un claro resultado electoral asumimos una actitud de protesta pacífica y de resignación, quizás estábamos equivocados, que no fue más allá. Contrario a lo sucedido en 1970 cuando los seguidores de Gustavo Rojas Pinilla, ex general, ex dictador y entonces candidato populista, al no reconocer la derrota de su candidato en la elección presidencial crearon el grupo guerrillero M19, al que pertenecía el hoy presidente Gustavo Petro.

Pero volvamos al hoy. La lección histórica muestra simplemente un patrón distinto de conducta entre la izquierda y la derecha frente a una frustración. Unos fácilmente recurren a la violencia, y ya vimos lo sucedido en Chile hace unos días en la conmemoración de la caída de Allende, mientras los otros prefieren el canal institucional y la protesta pacífica para expresar su desacuerdo. Unos quieren meter miedo para lograr lo que quieren. Los otros no. De ahí nace este desastre constitucional en Chile no nos podemos olvidar.

En Colombia luego del resultado de ese plebiscito el presidente Santos hizo unos cambios cosméticos al acuerdo. La oposición abrió las puertas para una negociación que no se dio. Es más se logró convencer al líder de la oposición, el expresidente Álvaro Uribe quien no quería, de reunirse con los jefes de las FARC para plantear cambios de fondo pero el gobierno no lo permitió. Y los temas claves de impunidad y participación política de criminales de lesa humanidad se mantuvieron en el acuerdo. La gran oportunidad de unir el país en torno a una política de Estado como debe ser la paz se echó por la borda. Hoy seis años después aún sufrimos las consecuencias.

Es más, con el apoyo de Estados Unidos y de la Unión Europea a ese asalto a la democracia, Santos firmó el acuerdo y luego violentó de nuevo la ley al cambiar las reglas de como se convertían los temas negociados en parte de la Constitución.

Los resultados están a la vista. La tercera parte de las FARC no se entregó y unos líderes muy importantes, Iván Márquez, Jesús Santrich, el Paisa y Romaña, se retiraron del acuerdo, regresaron a la guerrilla y crearon una nueva FARC hoy llamada Segunda Marquetalia. Los disidentes del proceso crecen en Colombia y en Venezuela y siguen integrados al negocio del narcotráfico.

El narcotráfico, que fue parte esencial del acuerdo se desbordó en crecimiento y poder y hoy es amenaza institucional, económica y política como nunca la habíamos tenido. Y el ejemplo que recibió la sociedad de ese proceso fue uno: el crimen paga.

El recién posesionado Presidente colombiano como herencia de ese proceso habla de una paz total con narcos incluidos que no sabemos qué es ni como se va a dar. Pero si tiene un considerando claro y es la impunidad a cambio de no sabemos qué. Esa semilla se sembró en el 2016, no nos digamos mentiras, cuando el gobierno desoyó a la ciudadanía, impuso su interés personal y de gobierno frente un claro mandato ciudadano. Y como autocrítica, pues fui parte de esa equivocación, la oposición dejó que eso pasara y no asumió una acción mucho más radical.

Lo que sigue es decisión de los chilenos. Ellos ya nos dieron una lección con su tremenda decisión electoral. Pero si de algo sirve, miren el desastre de Colombia y su plebiscito. Hay muchas lecciones que aprender.

Primero escuchen al ciudadano. Escuchen ese voto que fue contundente. Segundo no desestabilicen las instituciones. Tercero no vendan ilusiones que luego la realidad se encarga de aterrizarlas. Cuarto piensen las consecuencias futuras que van a tener lo que hagan de acá en adelante. Quinto no le teman a reafirmar y liderar como partidos y como personas ese NO tan contundente. La batalla institucional y política no terminó ese domingo pues la izquierda aún quiere imponer su visión de estado y de sociedad a pesar del resultado electoral. Y sexto si se necesita una reforma constitucional que se dé por los caminos institucionales sin recurrir a excepcionalidades y buscando siempre proteger esa formalidad que la izquierda radical detesta pero que es la que da estabilidad a los estados.

La verdad sentí gran desazón cuando empecé a ver lo que se está cuajando en Chile. Ese dejavú me hizo volver a ese momento tan duro y triste de la historia democrática de mi país. La pregunta hoy, un poco viendo ese vacío de liderazgo que hay en la oposición es, ¿quién le pone el cascabel al gato?

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