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Una resistencia heroica, los últimos combates de Malvinas según sus protagonistas

“Los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca”, le escribió San Martín a su amigo Tomás Guido. El 20 de noviembre de 1845, los argentinos se habían enfrentado a las tropas francesas y británicas en Vuelta de Obligado, y el Libertador estaba admirado por la resistencia ofrecida. Más de 100 años después, en 1982, los argentinos nuevamente chocarían contra los ingleses; esta vez estaba en juego nuestra soberanía sobre las islas Malvinas. Una vez más, hasta el enemigo se sorprendería del valor con el que pelearon nuestros veteranos y caídos, herederos del coraje de aquellos que también combatieron y soñaron con una Patria grande.

DEF pudo reunir a algunos de los protagonistas de los enfrentamientos que tuvieron lugar entre el 11 y el 14 de junio de 1982. ¿Cómo fueron esos combates? Se peleó en total oscuridad y, mientras el suelo temblaba, el aire se movía y las luces de las bengalas mareaban; había explosiones y volaban piedras y esquirlas. También se oían gritos y ruidos de las armas. Sin embargo, la camaradería entre los soldados se hizo tan fuerte como la amistad y la hermandad.

“Lo más duro que me tocó vivir”

En monte Longdon, se encontraba el Regimiento 7. Con ellos, y en apoyo, estaba el soldado Daniel Orfanotti, del Regimiento de Infantería 1 “Patricios”, quien había ido con el rol de apuntador de ametralladora. Su compañero, el soldado Claudio Alfredo Bastida, era su abastecedor. “El 11 de junio, mientras estaba en la carpa, escuché una explosión. Ahí empezó el combate. Te puedo asegurar que fue una locura”, narra.

Cerca de las tres de la mañana, les cayó un “bombazo”: Claudio había fallecido. Orfanotti reaccionó después de un rato: “Estaba todo cubierto de tierra y de piedras. Sentía un zumbido en el oído izquierdo. Del costado del cuello, me caía sangre”. Tras ese ataque, llegó caminando pudo como a Puerto Argentino para que lo atendieran. Aún hoy lleva en su cuello la esquirla que lo dejó fuera de combate.

Mientras, la guerra seguía. Allí, en Longdon, permanecía el soldado Juan Carlos Arrieta, del Regimiento 7: “Fue nuestro destino final. Un lugar bravo, agreste, con mucho viento y frío”. Él era apuntador de un cañón 105 mm, lo acompañaban su jefe de grupo, el cabo primero Darío Rolando Ríos, y el jefe de sección, el subteniente Juan Domingo Baldini, ambos caídos aquel 11 de junio, cumpliendo con el juramento de defender la Patria hasta perder la vida.

“Aún hay algo que recuerdo todos los días: cuando nos tomaron prisioneros, nos llevaron a cavar una fosa grande para poder sepultar a nuestros compañeros. Eso fue lo más duro que me tocó vivir”, lamenta Juan Carlos, quien, tras volver al continente, ingresó al Ejército como suboficial, con la esperanza de poder regresar para recuperar las Malvinas. Eso no ocurrió y, luego de varios años, pidió la baja.

¿Cómo vive los aniversarios? “Hoy entendemos cosas que antes no”, responde, no sin destacar que los veteranos son una gran familia. “Estamos en las buenas y en las malas, como en el 82”, concluye. Arrieta también recuerda al soldado Elbio Eduardo Araujo, integrante del 7 que cayó en Longdon. Antes de partir, llegó a escribir en una carta: “Quédense todos tranquilos, que el soldado Araujo monta guardia por la Argentina (la de todos), próspera y soberana, y que es fiel a su juramento”.

“¡Son los gringos, se vienen!”

El hoy capitán retirado Mario Héctor Juárez fue a la guerra como subteniente del Regimiento de Infantería 4, unidad correntina que protagonizó los combates sobre monte Harriet y Dos Hermanas. El 29 de mayo, les llegó la orden, a él y a sus hombres, de dirigirse al Monte Harriet. “El repliegue fue durísimo, los ingleses comenzaron a tirarnos con artillería y morteros, mi sección fue transportada en helicópteros, pero, al no haber reconocido las nuevas posiciones, nos dejaron con las piezas bastante desparramadas”, cuenta Juárez, mientras agrega que hasta el ataque final del 11 de junio estuvieron bajo fuego enemigo de manera constante. Las bajas empezaban a sentirse y, para entonces, este oficial, que antes contaba con cuatro o cinco soldados y un suboficial por pieza, tuvo que destinar solo dos o tres y poner a los dragoneantes (soldados destacados) en reemplazo de los suboficiales heridos.

Juárez también relata que tuvieron oportunidad de devolver esos ataques el día 7 de junio, cuando logró abrir fuego sobre la infantería inglesa desplegada en la zona de Port Harriet House: “Estábamos enfervorizados, contentos de poder devolver algunos golpes. Los gritos y los sapucais se sucedían ininterrumpidamente”, comenta. En aquel momento, la artillería inglesa comenzó a efectuar puntería sobre sus posiciones. “Todo el mundo permanecía cuerpo a tierra. Para mis adentros, pensaba que, por un lado, nosotros poníamos valor, sacrificio y entrega; y, por el otro, el enemigo ponía los mismos valores para eliminarnos”, recuerda.

La sección del Regimiento 4 se aproximaba al combate final y comenzaba a sentir el poder del fuego de los ingleses. “Habíamos recibido la orden del jefe de unidad, que nos dijo que estábamos en una misión de sacrificio y nos pidió que estuviéramos a la altura de las circunstancias”, puntualiza.

La noche del 11, el grito del cabo Carlos Cortez lo hizo entrar en situación: “¡Son los gringos, se vienen!”. El enemigo estaba a tan solo a 15 o 20 metros. “Les descargué mi pistola, y el suboficial hizo otro tanto con su FAL. En ese instante, me volteó un estallido de un lanzacohetes Law 66 que impactó a escasos centímetros de mi cabeza”, detalla este oficial del 4, que permaneció boca arriba y, al ver dos Marines cerca, llegó a arrojarles una granada MK 2: “Ambos comenzaron a avanzar y me dispararon una ráfaga de fusil. En ese momento, el inglés comenzó a hacer señas con el FAL para que saliera y le expliqué que estaba herido”.

El británico lo resguardó y se puso a charlar con él mientras duraba el combate: “Me dijo que entre nosotros no había odio y que teníamos honor, ¡que habíamos peleado muy bien! Me dio un paquete de castañas de Cajú y yo le di mi botellita de whisky. Me anotó su dirección en un papelito, que lamentablemente perdí”.

Juárez quedó fuera de combate en monte Harriet. Ocho días después, nació su primer hijo: “¡Me estaba esperando!”, concluye. “Quisiera resaltar el valor de mis suboficiales y soldados. Fueron muy valientes y no escatimaron en esfuerzos para hacer lo que tenían que hacer”, finaliza.

“Ese fue nuestro empuje para sentir que todavía se podía dar batalla”

Luego de combatir en Longdon, parte del Regimiento 7 se dirigió hacia Wireless Ridge. Los combates fueron intensos. Pudieron replegarse, mientras el Regimiento de Infantería 3, iniciaba un contraataque. Integraban esta última unidad el entonces sargento Manuel Villegas (hoy sargento ayudante retirado) y el soldado Esteban Tries.

Los días previos al desenlace, Villegas y su unidad se habían dedicado a cavar pozos y reforzar posiciones, pero también protagonizaron momentos de camaradería y solidaridad. Como la del soldado José Luis Cerezuela, un joven que, durante la instrucción, le había comentado a Villegas que él había escapado a los nueve años de su casa y no tenía padres. En Malvinas, cuando llegó por primera vez correspondencia, Cerezuela le comentó a él que no tenía a nadie de quién recibir cartas. “En ese momento, reuní a mi gente y les dije: ‘Muchachos, cuando respondan las cartas, pidan que alguien le escriba’”, relata. Días más tarde, volvió a llegar correspondencia. “Cuando el tipo agarró la carta, miró para el cielo y gritó: ‘Es para mí, Dios mío, alguien se acordó de mí’”, recuerda con cariño.

El 13 de junio, el teniente primero Víctor Hugo Rodríguez le comunicó al regimiento de Villegas que habían recibido la orden de realizar un contraataque sobre Wireless Ridge. “Era un infierno. Habían dado la orden de replegar, pero, como no había comunicaciones, nosotros no lo sabíamos. De hecho, los ingleses se llevaron la sorpresa de ver aparecer gente de nuevo, y nosotros, la de encontrarnos con ellos. La cuestión es que le grité a Tries que pasara la voz de que íbamos a salir”, relata Villegas, que cuando intentó cambiar su posición, cayó herido.

Tries tiene un buen recuerdo de Rodríguez: “Él cayó a la compañía dos días antes de ir a Malvinas. No lo conocíamos y lo habíamos prejuzgado por gritón. Después, en la batalla, nos demostró todo lo contrario: resultó ser un líder extraordinario”, reflexiona y recuerda el momento en el que, tras perder a un compañero, se trasladaban a Wireless Ridge, y Villegas, otro de los jefes, dio la orden de cruzar un arroyo: “Nos empapamos hasta los hombros. No había más fuerza para nada. Ahí, apareció la voz de Rodríguez, que nos dijo ‘Carrera, mar, ¡viva la Patria!’. Y empezó a subir solo. En un segundo y medio, nuestros jefes iban adelante. Ese fue nuestro empuje para sentir que todavía se podía”.

Luego, ya en el monte, sucedió lo de Villegas: “Me dijo ‘Dispará hacia el lugar desde donde vienen las trazantes’. Yo le dije que él estaba en el medio y me contestó que tirase igual porque él ya estaba liquidado”. Al lado de Tries, estaba el soldado Cerezuela. Juntos, sin fusil y con las manos levantadas, fueron en busca del sargento. “Le salía sangre a borbotones y el hospital estaba a ocho kilómetros. Su sueño era volver y abrazar a su hija. Cuando le cayó la ficha de que no lo iba a poder cumplir, se puso a llorar y a rezar. Me decía que no aguantaba el dolor, que me hiciera cargo del grupo”, narra Tries, que llegó a decirles al soldado Cerezuela que avisara que debían bajar. Él y otro compañero cargaron a Villegas y lo llevaron a Puerto Argentino, donde los médicos lograron salvarlo.

“Cuando bajan tu bandera e izan la enemiga, es muy duro. Había un silencio triste. Nos llevaron a Puerto Madryn, que nos esperó con los brazos abiertos. Después, a Buenos Aires, pero ahí no había nadie. Durante veintitantos años, no hubo nadie”, se lamenta, mientras revela que vivieron momentos complicados hasta que pudo entender que había que mantener viva la gesta y la memoria. Por eso, junto a otros veteranos, conformaron la asociación “Malvinas, educación y valores” y llevan un mensaje de esperanza y paz a escuelas e instituciones.

“A mí me quedaba solo la ametralladora de Poltronieri”

El coronel Esteban Vilgré Lamadrid estuvo en el monte Dos Hermanas durante un combate leve y a la distancia, antes de ir al Tumbledown. “Me terminaron mandando, junto a mi compañía, a hacer contraataque donde estaba la sección del teniente Vázquez, que había rechazado un ataque a las 12 de la noche y luego otro cerca de las dos de la mañana, combatiendo cuerpo a cuerpo las dos veces. Finalmente, en un tercer ataque, conquistaron sus posiciones”, detalla.

Su sección se topó con los escoceses en Tumbledown. “Fue tan duro que, cuando el jefe de batallón de Guardias Escoceses vio que se acercaba el día y no tendrían cómo ocultarse, puso toda la carne al asador y, si bien en el primer combate eran cuatro pelotones contra el mío, mandaron dos pelotones más y mayor cantidad de ametralladoras. Cuando lograron reforzar sus posiciones, a mí me quedaba solo la ametralladora de Poltronieri. Empezaron a imponer su superioridad”, relata este oficial que debió egresar prematuramente del Colegio Militar y fue destinado enseguida en el Regimiento de Infantería 6 antes de partir hacia las Malvinas.

“El soldado radioperador siempre se ríe porque yo empecé a gritar en inglés que no disparasen; quizá, si creían que éramos británicos, dejaban de atacar y yo podía replegar con mis soldados. ¡Pero se ve que mi acento fue muy malo!”, detalla antes de explicar que, finalmente, quedaron resguardados en los pozos. Esta escena fue divisada por el subteniente Robledo y el sargento primero Corbalán. “Ellos los distrajeron y ahí pudimos replegar”, indica.

Vilgré Lamadrid recuerda el momento en el que todo terminó. “Nos habíamos acostumbrado al ruido del combate y, cuando entramos a Puerto Argentino, se produjo un silencio que me lastimaba. En lo personal, me sentía un fracasado, sentía que no había sabido cuidar a mis hombres. En ese momento, se me acercó el soldado Britos y me pidió que nos tomáramos una foto. Me explicó que nos merecíamos ese recuerdo, que algún día íbamos a estar orgullosos de esa foto porque habíamos peleado bien. En ese momento, no lo entendí y tengo esa foto: con Britos sacando pecho y sonriente, y yo, quebrado”.

Vilgré Lamadrid permaneció oculto por la sombra de una vela. “Cada vez que pasaban lista, los soldados que faltaban eran de mi sección, así que me sentía cada vez peor. En un momento dado, un grupo de efectivos míos caminó hacia mí. Intenté pararme y me di cuenta de que tenía las rodillas y los codos hinchados por los golpes del combate. ‘Feliz cumpleaños, mi subteniente’, me dijeron, y me percaté de que era 15 de junio. Ahí me permití llorar. Les agradecí y les pedí perdón”, declara, antes de finalizar revelando que Malvinas le permitió encontrar a la verdadera esencia de la profesión militar. “Si vuelvo a nacer, volvería a elegir esta tierra y ser soldado”.

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