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Un juego de pandemia

Un novelesco juego de pandemia con páginas vacías, incompletas o cifradas en líneas punteadas.

Un novelesco juego de pandemia con páginas vacías, incompletas o cifradas en líneas punteadas.

Subrayada, por si acaso, la soberana validez de las decisiones tomadas por Lionel Messi y honrado el imperativo ético de abstenerse de hablar por otro, no dejará de ser legítimo hacer notar el carácter novelesco de una historia poblada de verdades a medias, zonas brumosas y recompensas vacantes.

Habría que ser ingenuo de toda ingenuidad para tomar por incontrastable lo que se hizo público el viernes, incluso las confesiones del propio Messi, aun cuando tampoco se trate de sugerir que haya mentido o empleado la criolla adulteración del gato por la liebre.

Por alguna razón igual de insondable que potente, los animales humanos tendemos a pasar por alto lo obvio, de manera que, advertidos de la trampa, desandamos el camino: Messi rompió los platos, quiso irse del Barcelona, pero no bien la conducción del Barcelona le mostró los dientes, plegó sus banderas y corrió presto a dar explicaciones.

¿A quién?, ¿A quiénes? Posiblemente a la afición del Barcelona, a esa legión de millones y millones de catalanes cuyo reacomodamiento a la «nueva normalidad» se desconoce y será uno de los puntos más trascendentes que se perfila en el horizonte inmediato.

Jorge Messi, en su viaje a Barcelona.

Jorge Messi, en su viaje a Barcelona.

Que a Josep María Bartomeu no lo quiere ni un poco, en fin, es más palmario que la mojadez del agua.

Y también que la llegada de Ronald Koeman y su declaración de principios de mano severa supuso una gota más en un vaso ya colmado.

Sin fuego motivacional («no hay proyecto ni nada»), condenado al rol de andar como bola sin manija entre la misa y la procesión en un equipo terrenal, ¿cuáles serían las fuentes de interés que cultivaría Messi?

Defender el vínculo con el club y la ciudad de su vida y el confort emocional de su familia, desde luego, cómo no, ¿quién será tan antipático para objetar esos puntos?

He ahí la versión romántica de la historieta y la tomada por oficial por los contados y privilegiados informadores desde la Argentina, los que al parecer tienen llegada con Messi y disponen de la prístina verdad: Messi no podía irse mal del Barsa y tampoco era justo que sus hijos lloraran por tener que salir de la ciudad.

Pero entonces, con el debido respeto, imposible ahorrarse un puñado de preguntas. Por saber:

¿Qué esperaban los Messi, Lionel, su padre, su esposa?

¿Qué esperaban los abogados de Messi, los consejeros de Messi, la suma de inteligencias que rodean a Messi?

¿Esperaban que Bartomeu les dijera «pues adelante, Lionel, te los ha ganado, dejemos los 700 millones de euros y vete a Manchester con Pep»?

Messi con Bartomeu.

Messi con Bartomeu.

¿Qué esperaba Messi de la Real Federación Española así como de otras usinas de poder hasta llegar a la mismísima Comunidad de Catalunya, tan campante ella con el plus de facturación que promueve el mejor futbolista del planeta?

(¿Qué esperaban los incondicionales biógrafos de Messi que le atribuyen bondades de caudillo bravío?).

¿Esperaba irse, Messi, arropado con el cien por cien de los beneficios y el casillero de los perjuicios en blanco?

Para lance, si en realidad se tiró un lance, tiene toda la cara de un grosero error de cálculo y, por cierto, tampoco suena creíble que se haya desayunado con las turbulencias familiares una vez detonada la bomba del llamado «burofax».

Así las cosas, pulsa una versión menos simpática que la del ídolo que después de dar un puñetazo en la mesa y quedarse a ver las consecuencias como un pirómano frente a las llamas, se rinde ante el llamado de las causas superiores y se sacrifica por sus herederos de sangre, por la camiseta del clú, por la hinchada que se merece lo mejor: jamás sabremos con certeza cuáles fueron los documentos de letra chica, literal y/o simbólica, esgrimidos por Bartomeu y sus letrados, pero sí podemos colegir que privó la metálica y gélida dura lex del fútbol profesional.

«Se hacen malabares», dijo el muchacho rosarino en un rapto de agudeza quizá inconsciente: todos han hecho y hacen malabares, que de momento no son los que promete por mera portación de destrezas.

Todos han salvado el honor y a la vez el honor vaya a saber por dónde anda; todos han huido hacia adelante pero resulta que el adelante está a la vuelta de la esquina: suponiendo, supongamos, que la cuerda rota haya sido reparada, la guitarra seguirá sonando sin que jamás pueda ofrecer los acordes de un tiempo que fue hermoso.

Prisioneros de sus palabras y de sus hechos, en el mejor de los casos en libertad condicional, Messi y el Barsa acaban de pactar una mímica de reconciliación.

Un novelesco juego de pandemia con páginas vacías, incompletas o cifradas en líneas punteadas, que no nos privará de disfrutar al Messi que más convoca: el que corre tras la pelota número 5.

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