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Un convento de capuchinos de Francia paga un alto precio en la pandemia

«Tuvimos que hacer sitio en la cripta», resume Hubert Le Bouquin. En tres semanas, este fraile ha visto morir por coronavirus a cinco de los 11 hermanos del convento capuchino de Crest, sureste de Francia.

Este exenfermero de 64 años vive normalmente en Argelia, donde es vicario general del obispo de Orán, noroeste del país africano. Pero se encontraba de visita cerca de Crest al inicio del confinamiento y fue llamado para ayudar al personal sanitario que atendía a los frailes del convento.

Casi todos los hermanos cayeron enfermos. Los más jóvenes se recuperan poco a poco, pero los ancianos no sobrevivieron.

Tres de los difuntos dieron positivo en las pruebas de la COVID-19. Los otros dos fallecidos también sufrían la enfermedad, probablemente. Un sexto, el hermano Marc, de 84 años, sigue en el hospital. «Pero va mejorando», confía Hubert Le Bouquin.

El primero en fallecer fue Emmanuel, de 94 años, el 25 de marzo, en el convento. El vicario, que dadas las circunstancias volvió a ejercer de enfermero, le acompañó en los últimos instantes.

«Tenía todos los síntomas. Era mayor, arrastraba un cuadro médico complicado. Le llevé la cena a las 7 y media de la tarde, tomó una sopa y una compota. Salí de la habitación y un cuarto de hora después agonizaba. Murió rápidamente», recuerda.

El fin de semana después, Pierre, de 85 años, y Armand, de 78, fallecían en el hospital. Fueron enterrados el mismo día en la cripta del convento, en la que de repente, faltaba  sitio.

«Hicimos lo que se llama una reducción de cuerpo (juntar esqueletos, ndlr). Para hacer sitio a los más jóvenes», dice, tristemente, el hermano Hubert, recordando que estos frailes «ya habían pagado un alto precio» y vieron su salud mermada, debido a sus años de misioneros en África.

Después falleció Marcel, de 99 años, el jardinero del convento.

No tenía ningún síntoma. «Pero vio a todo el mundo morir y se rindió. Nosotros lo vivimos así: pensó que ya había llegado también la hora de irse», suspira el hermano Hubert, que le conocía desde hace 40 años.

Quince días antes de fallecer, este religioso, casi centenario, aún sembraba en la huerta del convento. Sus supervivientes comen estos días las ensaladas plantadas por él.

Otro hermano, también llamado Pierre, de 85 años, falleció el 9 de abril, justo antes de Pascua. Era poeta y durante muchos años fue el trovador del convento.

Lo mantuvieron en el convento hasta que pudieron. «Estaba enfermo de Alzheimer y fue muy duro ver cómo se lo llevaban al hospital pero ya no podíamos cuidarlo. Falleció 24 horas después», recuerda el hermano Hubert.

Los capuchinos habían aplicado al máximo las normas de seguridad e intentaban mantener las distancias y el confinamiento. «Pero el virus ya había entrado y cuando se vive en comunidad, se come en el mismo lugar o se ayuda a otro hermano a caminar, hay contacto, como ocurre en las familias», lamenta Hubert.

Fotografías de los fallecidos adornan ahora la capilla, donde Lucas, el superior, Rayappan, Bruno, Sébastien y Noel siguen rezando juntos y esperando el regreso del hermano Marc del hospital.

«Uno, dos, tres, cuatro, cinco muertos en 10 días. Es demasiado. Acompañarlos, verlos sufrir y volver de nuevo al cementerio ha sido duro», admite Hubert.

La comunidad capuchina, tradicionalmente consagrada a la atención de los más pobres, está compuesta en Francia por frailes «muy mayores» y los hermanos cada día son menos numerosos.

«Pero vivimos esta prueba con serenidad, creo. Ahora pasamos tiempo contándonos nuestros recuerdos y ordenando las pertenencias de quienes partieron», dice el hermano Hubert.

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