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René, el de la barba y la mano vendada

Los gemelos Reinier Lambertus «René» y Wilherlmus Anthonius «Willy» Van der Kerkhof fueron dos de los cuarenta jugadores que convirtieron un gol en el Mundial 78, una lista en la que también figuraron Daniel Passarella, René Houseman, Alberto Tarantini, el brasileño Zico, el francés Michel Platini y otro neerlandés, Dick Naninga, autor del empate 1-1 en la final ante Argentina que desembocó en el alargue.

Un gol cada uno, René y Willy, como si también fuera un mandato de la genética.

Nacidos el 16 de septiembre de 1951 en Helmond, René y Willy surgieron juntos en 1970 en Twente FC y pasaron, también juntos, a PSV Eindhoven en 1973.

Sus caminos recién se bifurcaron en 1983, cuando René se fue al fútbol griego y después al de Hong Kong. Volvió a Eindhoven para jugar en el otro equipo de la ciudad, el FC, en 1988. Ese año se retiró su hermano, que no se había ido jamás del PSV.

Extremo derecho veloz y potente, con talento para el dribbling y una gran pegada (era diestro pero también manejaba con ductilidad su pierna izquierda), René fue quien le dio la asistencia a Naninga en la final del 78. Willy era volante central, completo y cerebral, un especialista en robar la pelota para salir de contragolpe.

En el recuerdo colectivo de los futboleros, a pesar de la simetría con que los había caracterizado la naturaleza, quedó grabada sobre todo la imagen de uno de ellos: la de René, el de barba, que jugó todo el Mundial 78 con una venda en la mano derecha.

Antes de viajar a la Argentina, los hermanos Van der Kerkhof, como sus compañeros, habían quedado en el centro de la polémica en Holanda (hoy oficialmente Países Bajos): una parte de la sociedad impulsaba un boicot al Mundial en rechazo a la sangrienta dictadura cívico militar que encabezaba Jorge Rafael Videla.

El plantel suscribió a la orden que bajó de la Real Asociación Neerlandesa de Fútbol: «Nosotros somos jugadores, debemos separar el deporte de la política», dijeron.

Los Van der Kerkhof, sin embargo, sabían que fútbol y política de algún modo se cruzan siempre. Lo habían vivido sin ir más lejos cuatro años antes, en Alemania 74, como parte del plantel de «La Naranja Mecánica» dirigida por Rinus Michel y en la que brillaba Johan Cruyff (tenían 22 años, Willy no llegó a jugar, René disputó el segundo tiempo de la final ante el local, 1-2, cuando entró en reemplazo de Rob Resenbrink).

Willem Van Hanegem, una de las grandes figuras del seleccionado «anaranjado» por detrás de Cruyff, salió llorando, «lleno de angustia» como dijo después, del estadio Olímpico de Munich luego de perder la final con Alemania Federal.

«Los odio –había declarado antes del partido el volante, de ascendencia judía, cerebro del Feyenoord de los 70-. Los nazis asesinaron a mi padre, a mi hermana y a dos hermanos. Me da igual el resultado, sólo quiero humillarlos».

El desprecio de Van Hagenem en particular y de sus compatriotas en general hacia los alemanes se remontaba a la Segunda Guerra Mundial. El 10 de mayo de 1940 las tropas nazis de Adolf Hitler iniciaron la ocupación de Países Bajos (fueron cinco días sangrientos antes de la claudicación neerlandesa). No fue allí sino en septiembre de 1944 que murió su familia: durante una contraofensiva de los Aliados, la fuerza aérea alemana (la Luftwaffe) bombardeó Breskens, ciudad costera en la que Willem había nacido apenas siete meses antes.

A Van Hanegem le quedaron heridas de las que jamás cicatrizan: se negó a asistir a la ceremonia de premiación del Mundial 74. Tampoco, como Cruyff, vino a la Copa del 78, aunque en su caso por diferencias de último momento con su DT, Ernst Happel.

A René, aquella experiencia en Alemania (lo que le mostró su compañero conmovido: la tragedia marcada en la memoria histórica de su tierra), no pareció dejarle huellas.

«¿Qué hubiese sucedido si salían campeones? ¿Hubiesen recibido el trofeo de manos de un asesino?», le preguntó tiempo después el periodista neerlandés Marcel Rozer, coautor del libro «Mundial Argentina 78: Fútbol en una guerra sucia».

«Nosotros sólo queríamos ganar la Copa –le contestó René-, aún cuando tuviéramos que recibirla de manos de Hitler».

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