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Guayaquil te están matando otra vez o que viva la música

En los días del encierro he leído mucho y de todo, no siempre como me gustaría, pues hace tres semanas me ataca una tos mínima, aunque persistente, que no me deja concentrarme del todo. Cuando me pica la garganta se me ponen los pelos de punta y empiezo a leer sobre los síntomas del coronavirus en diversas páginas de internet. Me faltan (y espero con terror) la fiebre, la falta de aire y el dolor del cuerpo. La idea de acudir a un médico parece una locura. A veces pienso que la cuestión es más psicológica que nada. Los ecuatorianos vivimos en el desamparo más horroroso que quepa imaginarse. Nunca pensé que viviría algo así. Te entran escalofríos cuando reparas que allí donde vas a comprar el agua todos los días yace un cadáver. Esas fotografías son las que Lenin Moreno ha designado con el horroroso eufemismo de “noticias falsas”.

Moreno se dirige a la nación mientras escribo este texto. Habló durante diez minutos. Acusa a no se quién (seguramente a Correa) de que se están difundiendo noticias y fotografías falsas para lastimar al régimen, como si el gobierno de Moreno no estuviera destruido ya del todo y hace mucho tiempo. Según las últimas encuestas el índice de credibilidad del presidente, para diciembre del año pasado, cayó a menos del 20%, según una encuestadora y un medio anticorreista. Pocos meses antes, en octubre, un paro nacional, como reacción a las medidas antipopulares del régimen habían terminado de desgastar a un gobierno que se dedicó, desde su llegada en 2016, a perseguir los supuestos actos de corrupción de Rafael Correa. Moreno, vale recordar, fue su vicepresidente.

La reacción del gobierno de Moreno frente al repudio popular fue la represión militar que dejó decenas de muertos y miles de heridos. Me temo que en ese accionar ya se entreveía lo que estaba por pasar en marzo. La paralización de octubre fue el resultado de una serie de medidas tomadas por el régimen en los últimos años, que insistía en alegar que la crisis económica es resultado de la mala gestión y corrupción de Correa. Una de estas medidas, la más grave en tiempos de pandemia, fue el despido de más de 2500 médicos del sistema de salud pública del Ecuador en marzo del 2019. Fueron considerados como gasto público innecesario. Estas medidas, claro está, fueron aplaudidas por la prensa comercial que se ha convertido en el principal aliado de Moreno: durante los hechos de octubre decidieron no reportar la represión a los manifestantes, sino que se refirieron a ellos como vándalos.

Nuestra desesperación, en este plano, es triple.

Uno. En los grupos de WhatsApp llegan noticias de conocidos o familiares de conocidos que han muerto con la enfermedad. Usualmente han muerto en hospitales que no cuentan ni con personal ni con los insumos necesarios para enfrentar la emergencia. Mientras escribo este texto me llega otra noticia: la madre de un compañero de trabajo acaba de fallecer.

Dos. La información que emite el gobierno nacional es borrosa, parece nunca ser compatible con lo que “se vive” y, sobre todo, es poco resolutiva, cuando no vaga y desesperanzadora. Hoy en la mañana nos hemos despertado con la noticia de que María Paula Romo —que apareció con Fernando del Rincón en CNN llena de arrogancia y de odio por un pueblo que en las urnas le ha dado siempre la espalda— ha decidido declararle la guerra al alcalde de un pequeño pueblo de la sierra ecuatoriana. Días atrás, desautorizó al alcalde de Quito, Jorge Yunda, que parece ser la única autoridad en el país con cierta sensibilidad y conocimiento para enfrentar la crisis (Quito tiene menos de 300 casos, Guayaquil casi 2300, el 70% de los infectados).

La comunicación fue deficiente desde el principio. Mientras el gobierno y otros sectores han culpabilizado a Correa y la oposición de “politizar” la crisis, ellos son quienes más han tratado de sacarle provecho político a la misma con una serie de spots publicitarios propios de campaña electoral. En esos spots han perfilado, de una vez a Otto como presidenciable para las elecciones de 2021. No hay información clave que se desprenda de esos spots o de las ruedas de prensa. Lo único que se puede encontrar en esas cuentas de twitter y en los medios públicos son pobres mensajes de autoayuda y acusaciones a sus enemigos. Están a la defensiva y no saben qué hacer o cómo describir lo que hacen.

Tres. Por su parte, la prensa comercial, obsesionada con impedir a toda costa un hipotético retorno de Correa (que, seamos francos, ¿a quién demonios le importa en este instante?), no le hace las preguntas pertinentes al gobierno: ¿por qué decidió pagar bonos por 320 millones de dólares en medio de la emergencia?, ¿cómo van a financiar el déficit de camas y de médicos?, ¿cómo va a solucionar los problemas hacinamiento en la ciudad de Guayaquil, gran causa del número de infectados?, ¿qué estrategia utilizará para responder a la crisis de cadáveres?

La falta de respuestas es desesperante. Ningún medio que esté opuesto al régimen, por lo general medios independientes y con poco alcance, ha podido obtener una entrevista con algún funcionario público, aunque sea de quinta línea. El medio digital independiente quizá más visto, La Posta, es reconocido por recibir pautas del gobierno nacional. En estos tiempos la comunicación y el acceso a la información deberían ser un derecho y en papeles es así. La constitución del Ecuador garantiza la comunicación como un derecho de esos ciudadanos, pero este gobierno se pasa la ley por donde más le cabe. Este gobierno a inaugurado un culto a la muerte y la deshumanización. En Ecuador la información, el clamor por información es una cuestión ya de vida o muerte y ellos están del lado equivocado de esa ecuación.

Confieso que no había visto Memorias del subdesarrollo sino hasta hace pocos días. Sergio, el protagonista, dice algo parecido a lo siguiente: el subdesarrollo es la incapacidad de formular relaciones, uno de sus síntomas es la inconstancia, la falta de disciplina. Yo diría también, la falta de futuro. Cuando una sociedad es incapaz de imaginarlo es porque está perdida y está condenada a destruirse.

Este razonamiento, que tantas veces había planteado en las aulas (soy profesor de una universidad pública de artes), era para mí solo teórico. Ante los hechos que se han ido acumulando día a día, soy incapaz de imaginar siquiera el cielo de mayo. Y no hablo por mi propia subsistencia (aunque sí). Yo tengo 33 años y soy un hombre moderadamente sano. Hablo porque por momentos me parece imposible salir del otro lado con esta herida que ya cargamos en nuestros pechos, con este olvido.

Pero este olvido no es reciente. Guayaquil ha desaparecido varias veces del mapa. Ha sido víctima de al menos tres grandes incendios. Uno en el siglo XVIII, otro a finales del XIX y uno reciente en 1997. Pero también Guayaquil ha sido víctima de otros flagelos monumentales. La fiebre amarilla asoló a la ciudad en la década de 1840 durante el gobierno de un héroe guayaquileño Vicente Rocafuerte. Hace no más de dos décadas, en 1998, el cólera se cobraba cientos de víctimas en el Ecuador, especialmente en el puerto pricnipal. El año pasado se conocieron solo en la provincia del Guayas (cuya capital es Guayaquil) más de 5000 casos de dengue.

La historia política de la ciudad no es menos desoladora. Bastión de la revolución liberal alfarista, fue también el foco de las principales luchas de los trabajadores a inicios del siglo XX. En su libro de memorias el poeta quiteño Jorge Carrera Andrade, recuerda que hacia 1918 o 1919 los intelectuales y artistas de la capital veían con esperanzas las luchas históricas que estaban teniendo lugar en la ciudad porteña. Carrera Andrade en efecto viajó a Guayaquil, trabajó durante algunos años en algunos medios impresos y recuerda aquellos tiempos guayaquileños con cierto heroísmo.

En efecto, Carrera Andrade relata los hechos del 15 de noviembre de 1922, una protesta de trabajadores y artesanos que terminó en una matanza sin precedentes en la historia republicana del Ecuador. Se hablan de 500 muertos, pero la memoria histórica y la situación actual invita a imaginar muchos más. Las autoridades de entonces, como las de ahora, responden con evasivas, dicen que la culpa es del pueblo indisciplinado. Lo cierto es que la masacre fue tan sangrienta, tan honda, tan brutal, que Joaquín Gallegos Lara (que irónicamente sirve como símbolo del gobierno de Moreno) tardó 26 años en escribir su famosa novela histórica sobre los hechos de 1922, Las cruces sobre el agua.

Casi tres décadas después, en junio de 1959, otra masacre tuvo lugar en la ciudad del puerto. Otra protesta de trabajadores y estudiantes indignados ante la situación del país. El entonces presidente del Ecuador, el guayaquileño Camilo Ponce Enríquez, ordenó asesinar a los manifestantes refiriéndose a ellos como “unos pocos hampones, marihuaneros y prostitutas”. Se habla también de 500 muertos, aunque según el documental de Manolo Sarmiento, La muerte de Jaime Roldós, se recuerda que fueron quizá muchísimos más. Uno de nuestros problemas fundamentales, parece decirnos el documental, es nuestra falta de memoria. Nos faltan los datos, nos falta la información.

Aquella frase “dicen que uno muere dos veces, una cuando deja de respirar otra cuando lo olvidan” es terriblemente literal en mi país y en la ciudad en donde vivo. En el documental de Sarmiento se cuenta la historia de un reportero de televisión que capturó en cámara “la verdad de las cosas” aquel junio de 1959: la represión militar, los modos en que se llevaban los cadáveres, amontonados en camiones del ejército ecuatoriano. También allí se cuenta como el reportero, amedrentado por Ponce Enríquez, decidió jamás hacer públicos esos documentos: se lo había jurado y así mantuvo su palabra.

Algo parecido ocurre ahora con las cifras de los muertos por coronavirus. Esta no es una tragedia aislada, es una enfermedad estructural de nuestro país y de esta ciudad: se llama Partido Social Cristiano, se llama la clase política oligárquica del Ecuador.

Camilo Ponce Enríquez fue, de hecho, el fundador de aquel partido político que ha gobernado en la ciudad desde hace casi tres décadas. Al modelo de gestión neoliberal de la ciudad el líder del partido, Jaime Nebot, lo ha denominado, orgulloso y desafiante, “modelo exitoso”.

Estos son algunos datos del modelo exitoso del gobierno oligárquico de Guayaquil: 32% de la población con necesidades insatisfechas; 21.8% en situación de hacinamiento; 34.8% tienen déficit de servicios residenciales básicos. Vaya modelo exitoso.

La actual alcaldesa de la ciudad, Cynthia Viteri, es solo una heredera más de esta larga estirpe de oligarcas que han convertido a Guayaquil en la ciudad más injusta y pobre del Ecuador. Fue, además, una de las primeras contagiadas notables del país. Desde el anuncio de su contagio, la alcaldesa ha desaparecido del mapa. Su única acción relevante en la crisis fue ocupar la pista del aeropuerto internacional con camionetas del municipio, para impedir que aterrice un vuelo humanitario. Una vergüenza internacional.

Ante las incapacidades obvias del gobierno local el gobierno nacional debió tomar las medidas apropiadas. Pero esto tampoco ocurrió. Estamos atrapados. No hay quien nos ayude. A pesar de que rápidamente la ciudad se convirtió en el foco de la enfermedad, el 2 de marzo la ministra María Paula Romo, aún a sabiendas de lo ocurrido en otros países, terminó habilitó los permisos para realizar eventos masivos en la ciudad. Dos días después jugó el Barcelona por la Copa Libertadores de América. Fueron más de treinta mil personas al estadio. Guayaquil no solo está abandonada, la están matando.

Este es mi día 19 de cuarentena y escribo desde el privilegio de poder hacerla. Voy perfeccionando mi rutina. Tengo la suerte de tener un balcón en mi departamento, desde donde puedo mirar el Río Guayas, su inexorable vaivén, como si fuera incapaz de no seguir siendo siempre el mismo más allá de que, según se lee, cada vez con más frecuencia, la naturaleza está agradecida con nuestra ausencia.

El día 19 comenzó con una noticia: ha muerto un amigo. Es momento, pienso, de empezar a ponerle nombres a los números. Hasta ayer solo números, hoy nombres y recuerdos. A José lo conocí porque había abierto un bar en el centro de Guayaquil hace exactamente un año. El nombre del lugar, Viva la música. La última vez que lo vi fue el jueves 12 de marzo, pocos días antes de que empezase la cuarentena en el Ecuador. Estaba, como solía hacerlo, fumando un habano en la esquina del bar. Distante, como calculando algo, miraba con cierta preocupación el nimio flujo de clientes. Aún así, la emoción de siempre al vernos llegar. El sábado es todo, nos dijo malicioso. El sábado botamos la casa por la ventana. El sábado 14 de marzo el bar Viva la música cumplía su primer año de existencia.

¿Qué era este bar? Con cierta frivolidad una amiga con quien lo frecuentábamos me escribe ante la cruel noticia: se nos acabó el Viva. Esta anotación era el pie de una foto que nos habíamos tomado en una de tantas noches de borrachera y de felicidad. Eran otros tiempos. Parece otro mundo. Era otro país. La frivolidad de mi amiga, sin embargo, con el paso de los minutos, y a medida que voy escribiendo esto para hacer algún sentido de la muerte de mi amigo, está motivada de una falta mayor y que creo que está vinculada con la tragedia que vive Guayaquil por estos días. Viva la música es uno de los pocos bares que habitan el centro financiero de la ciudad. Era casi un milagro.

A las 5 de la tarde, en tiempos “normales” (¿qué quiere decir ese término ahora?), el centro de Guayaquil ingresa como en una existencia clandestina y marginal. Guayaquil es así. Con José hablábamos mucho al respecto, aunque siempre entre risas y a los gritos. Recuerdo esas noches profundas en que ya quedábamos solo pocos en el bar. Siempre aparecía el negro Santana que nos hacía reír mucho con sus historias de noche, con su Guayaquil de otros tiempos. La gente entonces se animaba a contar cosas inconfesables. José reía siempre a carcajadas, aunque haya escuchado esos mismos relatos una y otra vez. Solía decir entonces, esto es barra, de aquí no sale nada.

Era un tipo entusiasta José, a pesar de todo. Una especie de superviviente de las guerras de este puerto injusto y maravilloso. De los pocos que todavía creían en la necesidad imperativa de la comunión humana, de tener un espacio, aunque sea para ir a llorar. A Guayaquil la están matando, como a mi amigo José, pero también estoy seguro que en algún momento, como en tantos otros que tuvo que pasar esta ciudad, volverá a sonar la música. Hoy no dejamos que se apague.

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