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El coronavirus como crisis global: ¿un señal de convergencia?

La irrupción del coronavirus puso en vilo al mundo entero. El grado de interconectividad global que habíamos alcanzado, tan favorable para el comercio y la economía internacional, también nos colocó en un evidente estado de vulnerabilidad, permitiendo que un virus originariamente detectado en Wuhan se expandiera por todo el mundo en cuestión de pocas semanas. Y esto ocurrió en un contexto internacional complejo, caracterizado por la falta de consenso multilateral, el debilitamiento de los esquemas de integración regional, la existencia de conflictos armados localizados, una de las peores crisis de refugiados de la historia y una guerra comercial entre los dos principales titanes que escalaba a pasos agigantados (por nombrar algunos).

Sin embargo, esta pandemia dejó de manifiesto que, en el mundo globalizado en que vivimos, la solución deberá necesariamente ser colectiva. Sus características particulares, en especial la velocidad de su propagación y la escasa -o confusa- evidencia científica con que se cuenta, llevaron a los Estados a adoptar medidas unilaterales que derivaron en consecuencias gravosas -aún no dimensionadas- tanto para la economía como para la ciudadanía global, dejando a miles de personas varadas lejos de sus hogares, frenando la actividad económica y arrastrando consigo a las bolsas y divisas de todo el mundo. Frente a ello, los líderes del G20 se autoconvocaron a una reunión extraordinaria por videoconferencia para buscar coordinar una respuesta inclusiva y uniforme. Con ello quedó demostrado que el consenso que brilló por su ausencia en cumbres anteriores y que muchos creyeron en peligro de extinción, fue rescatado cuando las circunstancias así lo ameritaron.

En su comunicado, el Grupo de los 20 manifestó la necesidad de coordinar la adopción de medidas frente al COVID-19, tanto de salud pública como en materia económica y financiera.

También resaltó su apoyo a la labor de la Organización Mundial de la Salud (OMS), y le extendió una invitación (junto a otras organizaciones relevantes) a sumarse a la reunión conjunta de ministros de Finanzas y de Salud próxima a celebrarse con el objetivo de delinear estrategias para atender a la cuestión sanitaria sin descuidar la faceta económica. Además, respaldó el accionar de los Bancos Centrales de los distintos países, junto con la acción del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Grupo del Banco Mundial, y se pidió a la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) monitorear el impacto de las medidas sobre el empleo.

La vocación universalista que deja entrever el mentado comunicado es el correlato de otra realidad: la emergencia también le dio una inyección de vida a organismos internacionales específicos, impulsándolos a cooperar desde el ámbito de sus competencias. Y el hecho de que instituciones especializadas en distintas materias estén trabajando de manera coordinada es un factor de suma importancia, porque demuestra que la respuesta a esta crisis no sólo debe ser internacional sino que además debe ser interdisciplinaria, para poder hacer frente a los inminentes desafíos de diversa índole con que nos enfrenta la realidad. Así, la directora del FMI, Kristalina Georgieva, y el director general de la OMS, Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, en un artículo conjunto publicado en The Telegraph el pasado 3 de abril, dejaron en claro que no estamos frente a un dilema reduccionista de tipo “salvar vidas o salvar empleos”, sino que el curso de la crisis de salud global y el destino de la economía mundial están indefectiblemente entrelazados, motivo por el cual ambos -y otros- organismos se encuentran trabajando estrechamente para ayudar a responder a las necesidades prioritarias que a su vez varían entre los distintos países con diferentes niveles de desarrollo socioeconómico. Así lo entendió el secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres, quien hizo un llamado mundial a que todos actúen con cohesión y solidaridad para hacer frente al coronavirus, instando a los países más desarrollados a contribuir con el fortalecimiento de los sistemas de salud de aquellos menos desarrollados, recordando que «solo somos tan fuertes como el sistema de salud más débil en nuestro mundo interconectado”.

¿Será esta crisis global la que finalmente nos permita encontrar la convergencia en las diferencias? ¿Cambiarán los roles de liderazgo internacional ante esta coyuntura? Sólo el tiempo lo dirá. Pero si algo ha quedado claro es que los problemas globales requieren soluciones globales, y la comunidad internacional está empezando a dar muestras de despertar del letargo en que para muchos estaba sumida.

La autora es abogada (UNR, Birkbeck, London School of Economics) y diplomática del Servicio Exterior de la Nación.

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