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El confinamiento en Rusia bloquea a millones de migrantes de Asia Central

En Dusambé, la capital de Tayikistán, hay cada vez más hombres desesperados en busca de un empleo agrícola debido al cierre de la frontera decretado por Rusia para combatir el nuevo coronavirus.

Si Rusia, principal socio económico del país, no hubiera cerrado las fronteras en marzo para frenar la propagación de la pandemia, muchos de estos hombres estarían trabajando allí.

Pero están bloqueados en su país, el más pobre de Asia Central, donde el dinero enviado por la diáspora -la mayoría de las veces desde Rusia- representa el 30% del PIB.

Djomi Sharipov busca «cualquier tipo de trabajo». Para él el cierre de la frontera no podría haber caído en peor momento.

Acababa de purgar una prohibición de cuatro años de entrada en Rusia por violar las normas migratorias y había encontrado un trabajo en una fábrica de pasta de la región de Moscú.

«Los acontecimientos conspiran contra mí, contra todos nosotros», afirma suspirando este hombre de 30 años, mientras mira la larga fila de desempleados.

«Si antes había 15 o 20 personas en esta fila, ahora hay 80 o incluso 100», comenta.

Las medidas de Moscú para combatir el coronavirus, que sigue propagándose en Rusia, han dejado en la estacada a cientos de miles de trabajadores migrantes. Muchos de ellos están bloqueados en Rusia.

Al comienzo de la crisis, los más desesperados se instalaron en los aeropuertos, con la esperanza de acelerar su regreso. Al mismo tiempo, miles de ciudadanos de Asia Central acudieron en masa a los centros de visados de las principales ciudades para intentar ampliar sus permisos de residencia.

En respuesta, el presidente ruso, Vladimir Putin, firmó un decreto en abril que exime a millones de trabajadores migrantes de pagar sus permisos de trabajo hasta mediados de junio. Esto ha reducido la presión, pero no ha amortiguado el impacto económico del bloqueo.

– Una espera angustiosa –

Elvira Kurbanova no quiere regresar a Kirguistán, donde su salario mensual de contable era de 15.000 soms (180 euros, 197 dólares).

Espera con ansia la reapertura del restaurante chino de Moscú, donde esta mujer de 57 años y su hijo trabajaban desde el otoño, declaró a la AFP por teléfono.

Cada uno de ellos ganaba unos 30.000 rublos (360 euros, 395 dólares). Ella enviaba un tercio a sus padres que «viven con una pequeña pensión de jubilados».

«Pero ahora nuestro arrendador reclama 20.000 rublos por el alquiler. Y aún no hemos cobrado nuestros salarios de febrero», añade.

El domingo, Rusia batió un nuevo récord diario de contagios por coronavirus y ahora cuenta con más de 130.000 enfermos. El pico de la epidemia aún no se ha alcanzado, reconocen las autoridades.

Se prevé que el 12 de mayo comience el levantamiento de las medidas de confinamiento, pero podría aplazarse en las zonas más afectadas, como Moscú.

Además, la caída de los precios del petróleo ha complicado las perspectivas económicas de Rusia y el banco central pronostica una caída del 4 al 6% del PIB en 2020.

En un informe publicado en abril, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) estimó que una recesión tendría «un impacto en la oferta de trabajo, lo que afectará inevitablemente a muchos hogares en Asia Central».

Mirali Davlatov, un jubilado de 65 años que hace cola en un banco de Dusambé, explica que los ingresos de sus dos hermanos, su nieto y su yerno, todos empleados en obras de construcción en Rusia, alimentan a una familia de 20 personas. Han dejado de enviar dinero desde que se quedaron sin trabajo.

Según Ian Matusevich, un investigador que estudia la migración en la región, la mayoría de los migrantes que pueden siguen trabajando, a pesar de los riesgos que entraña el coronavirus.

Los centroasiáticos representan «una proporción importante de los empleos esenciales» en Rusia, añade. Trabajan en la transformación de alimentos, supermercados o servicios de entrega de comida, trabajos todos ellos que no se han visto afectados por el confinamiento.

Sus condiciones de trabajo son con frecuencia malas y están «particularmente expuestos a la COVID-19», prosigue Matusevich.

Davlatov tiene fe en Dios y espera que la pandemia deje de atormentar pronto a su familia y al mundo: «Mientras no sea el caso, no habrá vida normal para nadie», concluye.

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