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Diario de la guerra de Malvinas: el infierno del Longdon, la dura batalla de Puerto Argentino y el inminente final

La no realización de una batalla aeronaval y el previsible fracaso sobre las fuerzas británicas en el combate de Darwin–Pradera del Ganso llevaron a que a partir del 8 de junio la guerra tuviera su definición en la batalla terrestre de Puerto Argentino, que asumió las características de una clásica batalla de cerco, llamada también de aniquilamiento perfecto. A ello se llega cuando una fuerza está totalmente sitiada, sin posibilidades de romper el sitio, y no existe probabilidad alguna de que desde afuera una fuerza propia pueda lograr una conexión con la sitiada.

Salvando las circunstancias de tiempo, modo, lugar, ámbito geográfico y efectivos enfrentados, la historia militar moderna nos remite a casos parecidos: Stalingrado (1943), donde se rindieron 200 mil alemanes; Singapur (1942), en que los japoneses tomaron prisioneros a 80 mil británicos, y Dien Bien Phu (1954), donde los vietnamitas cercaron, derrotaron y se rindieron 12.000 franceses.

El día 10 de junio, en horas de la tarde, concretamos un ataque coordinado entre el GA 3 y tres aviones Pucará basados en el aeropuerto local. Así lo recuerdo: una de las baterías de la artillería británica nos tenía a maltraer, estaba ubicada cerca del monte Kent, fuera del alcance de nuestros cañones; solo podíamos neutralizarla con medios aéreos basados en el aeropuerto local. Hablé con el general Oscar Jofre y con el brigadier Luis Castellano, quienes estuvieron de acuerdo. Coordinamos el ataque con tres pilotos de la Fuerza Aérea, Juan Luis Micheloud, Marcelo A. Ayerdi y Carlos Murales. Una batería del GA 3 los “guiaría” con proyectiles fumígenos (humo blanco) en dirección al objetivo, al que no podíamos batir porque no entrábamos en alcance con nuestros obuses ya que nos faltaban unos 2/3 km. El ataque fue exitoso y la artillería británica fue, en ese momento, neutralizada. Fue la primera acción de cooperación en combate entre la artillería del Ejército y la Fuerza Aérea en nuestra historia.

La noche del 11 de junio, aproximadamente a las 22:00 hs, el batallón de Paracaidistas 3 (Para 3) británico atacó el Monte Longdon, que estaba defendido por una compañía del RI 7 a órdenes del mayor Carrizo Salvadores. La sorpresa táctica se perdió como consecuencia de que un soldado inglés pisó e hizo detonar una mina antipersonal.

Así se inició un intenso combate que duró el resto de la noche, hasta que la compañía inició una difícil y confusa retirada hacia Puerto Argentino. Una de las características de la lucha fue que se llegó al combate cuerpo a cuerpo, con “bayonetas caladas”, algo bastante infrecuente en la guerra moderna. La lucha fue encarnizada, duró diez horas, pero el batallón británico era superior en número de hombres, en armamento, en equipamiento, en adiestramiento y contaba con visores nocturnos y apoyo de fuego naval.

En uno de sus pedidos de fuego, el observador adelantado del GA 3, teniente Alberto R. Ramos, asignado al RI 7, me informó: “¡Esto es un infierno! Hay ingleses por todos lados. Por momentos es difícil identificar si las explosiones de los proyectiles de fragmentación y de iluminación son nuestros o de los ingleses”. Su última transmisión fue: “Se inició la retirada hacia el este”.

Al día siguiente me informaron que no estaba entre los que regresaron. Se lo consideró como desaparecido hasta que en 2018 su cuerpo fue identificado y hoy descansa como tantos otros soldados en un lugar histórico de la Argentina: el cementerio militar de Darwin.

Para el corresponsal británico Leslie Dowd, el combate de Longdon “fue la noche más terrible de mi vida. El Para 3 británico tuvo 23 muertos y 47 heridos” (The Sunday Times Insight Team). El RI 7 tuvo 36 muertos y 148 heridos.

El espacio entre Longdon y el cerro Dos Hermanas estaba a cargo del mayor Oscar Jaimet, con efectivos del RI 6, que evidenciaron un excelente comportamiento en los momentos finales de la batalla, pero que en la noche del 11 al 12 de junio no tuvieron una activa participación en los combates por la sencilla razón de que no recibieron un ataque directo de los ingleses. Posteriormente, Jaimet y sus hombres tuvieron una destacada actuación, su regimiento tuvo 13 muertos y 35 heridos.

El cerro Dos Hermanas estaba ocupado por una compañía del RI 4 a órdenes del segundo jefe del regimiento, mayor Ricardo Cordón, que no ofreció resistencia, y cedió en forma prematura la posición mediante una desordenada retirada hacia Puerto Argentino, sin que a mi juicio se hubiera hecho el esfuerzo para sostenerla. El enemigo se apoderó así de una de las más importantes alturas, sin mayores exigencias. El mayor Cordón fue pasado a retiro obligatorio después de la guerra.

La posición del Monte Harriet estaba a cargo del jefe del RI 4, teniente coronel Diego Soria, quien concurrió a la guerra dejando en el continente a un hijo adolescente que padecía una enfermedad terminal, y con su regimiento disminuido soportó con entereza el abrumador ataque británico conducido por el teniente coronel Chris Keeble, el mismo que con su Batallón de Comandos 2 había combatido en Darwin-Pradera del Ganso. El RI 4 fue sorprendido y rodeado, su desgaste en los días previos fue notorio y no pudo evitar el envolvimiento. Entre las 05.00 y 06.00 hs. del 12 de junio, los ingleses ocuparon Harriet. El RI 4 sufrió 22 muertos y 110 heridos.

Sobre ese combate, el general británico Julian Thompson dijo: “Nos encontramos con 300 prisioneros, incluidos el jefe del Regimiento de Infantería 4 y varios oficiales. Esto muestra las mentiras de las informaciones de la prensa, según las cuales los oficiales huían dejando a sus soldados conscriptos para que fueran masacrados o se rindieran como ovejas. Oficiales y suboficiales se batieron duramente” (Thompson J., No picnic, Ed Atlántida, pág. 168).

Entre los prisioneros estaba el pelotón de observación adelantada del GA 3, a cargo del capitán Tomás Fox. Por su parte, el corresponsal inglés de la IRN (Independent Radio News), Kim Sabido, que presenció las acciones en Harriet, entre otros conceptos, relató: “Los hombres que teníamos enfrente no iban a ceder si no era tras una lucha encarnizada» (The Sunday Times Insight Team, pág. 375).

Lamentablemente, en los días anteriores a la ofensiva final, el general Jofre hizo un empleo inadecuado de la Compañía de Comandos 602, a cargo del mayor Aldo Rico. En las pocas incursiones que esa compañía realizó en la profundidad del campo de combate –coordinadas y apoyadas por el fuego del GA 3– evidenciaron la profesionalidad que debe caracterizar a un elemento de fuerzas especiales, y aportaron su cuota de sangre.

Desde las primeras luces del 12 de junio, los cerros Longdon, Dos Hermanas y Harriet estaban ya en poder del enemigo. Sobre esas posiciones, nuestra artillería (GA 3, GA 4 y la batería del BIM 5) realizó fuego intermitente durante gran parte de la mañana: “Mientras nos reorganizábamos, el fuego de la artillería argentina, de los cañones pesados (155 mm) en su mayor parte, comenzó a caer sobre las posiciones que los argentinos acababan de perder. Los infantes de marina británicos se protegían entre las fisuras de las rocas, mientras los proyectiles argentinos explotaban a su alrededor” (Thompson J., No Picnic; Leo Cooper y otros, pág. 157).

Estaba claro que los siguientes y últimos objetivos del enemigo serían los cerros William, Sapper Hill y Tumbledown, ocupados por el Batallón de Infantería de Marina 5 (BIM 5), a órdenes del capitán de fragata Carlos H. Robacio, distantes entre 3 y 7 km de Puerto Argentino. El BIM 5 poseía un alto grado de adiestramiento adaptado al clima, tenía su dotación de hombres, material y armamento al completo, y su sistema logístico no experimentó grandes variantes puesto que fue abastecido en forma directa por aviones de la Armada. Poseía una batería de obuses de 105 mm (a cargo del capitán de fragata Mario Abadal) que, como manifestó el contraalmirante Carlos Büsser, “…se incorporó al sistema unificado de control y dirección de fuego terrestre que operaba la artillería del Ejército de la guarnición Malvinas” (Villarino E., Batallón 5, Aller Atucha, pág. 13). Con el BIM 5 realizamos coordinaciones estrechas que dieron resultado en los combates terrestres más intensos de la guerra que se libraron las últimas 48 horas.

En las primeras horas de la tarde del 12 de junio, y estando próximo a una de mis baterías, alguien a mi lado gritó ¡Cuerpo a tierra!, al tiempo que un Harrier nos sobrevoló a unos 300 m de altura. El fuego, con misiles y cañones de 20 mm, se dirigía hacia la ladera del cerro Sapper Hill donde estaba la batería de cañones pesados. Temimos lo peor, pero solo tuvimos heridos leves, el cabo primero Omar Liborio y 6 soldados. Uno de los cañones quedó fuera de servicio. Los refugios para los operadores de los cañones pesados preparados por el teniente primero Luis Daffunchio limitaron los efectos del ataque del Harrier. De inmediato el mayor Carlos A. Milanese concurrió al lugar y evacuó los heridos al Hospital Militar Conjunto de Puerto Argentino, a cargo del mayor médico del Ejército Enrique M. Ceballos. La labor de todo el personal de sanidad fue encomiable y abnegada; durante el conflicto se internaron 1.990 pacientes.

A todo esto, según el general Mario B. Menéndez, el presidente de la Nación, miembro de la Junta Militar y comandante en jefe del Ejército, general Leopoldo F. Galtieri, dijo en Buenos Aires: “Yo conozco todas las dificultades que tienen pero hay que aguantar. Los veo muy apegados al terreno. Hay que tener más movilidad” (Túrolo, C., Malvinas: Testimonios de su gobernador, Ed Sudamericana, Pág. 261).

Muestra clara de soberbia y desconsideración, no exenta de cobardía y desprecio por sus subordinados. Él, y sus presuntos asesores -principalmente los del área de logística, los generales Eduardo A. Espósito y Gerardo J. Núñez-, no podían ignorar que en esos días carecíamos del indispensable combustible, de la necesaria movilidad aeromóvil, y de munición de artillería terrestre y antiaérea; y que en algunas unidades el racionamiento diario se reducía a un magro desayuno (mate cocido y una rebanada de pan), con lo que muchos de nuestros hombres recibían solo alrededor de 2.000 calorías, cuando las necesarias en ese lugar para un combatiente eran de no menos de 5.000 calorías diarias. Además carecíamos de raciones de combate, nunca llegaron. Ignoraban que todas las tropas estaban expuestas a bajas temperaturas, lluvia, nieve esporádica, humedad y vientos helados.

No obstante, uno de los responsables de la desatención de los combatientes, el citado general Núñez, dijo en Buenos Aires a algunos familiares de los combatientes: “Soy responsable de la logística, no tienen problemas de abrigo y les aseguro que no pasarán frío y volverán más gordos”. Totalmente falso e insensible, rayano a una lesa profesionalidad.

La ofensiva británica sobre Puerto Argentino continuaría hasta el 14 de junio. En ese lapso se desarrollaron las acciones terrestres más intensas de toda la guerra. Ante lo narrado hasta ahora en distintas entregas, es lamentable y triste escuchar a un exgobernador de una provincia y actual diputado de la Nación, al referirse tangencialmente a la Guerra de Malvinas en un programa televisivo a 38 años del conflicto, calificándola como “el fiasco de Malvinas”. Podría serlo para los políticos que concurrieron, junto con Jorge Rafael Videla, a la jura del gobernador Mario B. Menéndez, en Puerto Argentino, el 7 de abril de 1982; pero no para los que combatieron, y muchos de ellos murieron, por un sentimiento del pueblo argentino. Recordemos juntos la sentencia de nuestro Libertador: “Un derrota peleada vale más que una victoria casual”.

*Ex Jefe del Ejército Argentino. Veterano de la Guerra de Malvinas y ex Embajador en Colombia y Costa Rica.

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