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Cuando el Día del Padre es todos los días: los varones que descubrieron la paternidad a pleno en la cuarentena

Los padres actuales son mucho más presentes que lo que sus padres fueron con ellos. Ese es el vaso lleno. El vaso vacío es que todavía los varones no dan (¿ganan o pierden?) el mismo tiempo que las mujeres en la crianza de los hijos. Ese es el vaso vacío. La inequidad doméstica se acrecienta en la cuarentena. Y el vaso baja.

Aunque sube (y se transforma en copa de vino) porque muchos padres están descubriendo el sacrificio y el placer de estar con sus hijos e hijas 24×7 por el aislamiento social, preventivo y el obligatorio. Y sin romantizar una situación llena de angustia, sacrificios y retrocesos el tiempo compartido sí puede ser utilizado para que la medida no sea un vaso, sino un chapuzón en la pileta de una paternidad full life.

El día del padre es un lugar común, pero lo común no quita la corteza de los recuerdos, los regalos y las emociones que genera pararse a pensar, festejar o añorar la paternidad. En el aislamiento los cumpleaños, los feriados y las fechas pringadas de emotividad sensibilizan.

Por supuesto, también duelen (y mucho) para los que no están con sus hijos o no pueden abrazarse con sus padres, de los que hacen el duelo de las despedidas que no fueron (y en algunos casos ya no van a ser) y de los que viven con nostalgia los asados y las picadas compartidas.

La paternidad no es igual que la de antes y no se mantiene como un valor absoluto sin límites ni frenos. Los padres violentos ya no pueden ser admitidos y en las casas donde hay maltrato infantil hay que pedir ayuda porque ser padre no es un “vale todo” y ya no va más permitir lo que es inadmisible.

Tampoco todos los hombres (ni todos los padres) son iguales. Pero, especialmente, las diferencias sociales, de zonas, de clases, de casas y de trabajo no cambian por el valor de un regalo (si hay dinero para ese bonus track de reconocimiento), sino la posibilidad de compartir el techo, la comida y los juegos con el peso de no saber cómo se llena la heladera o si hay agua para lavarse las manos. Y esas desigualdades duelen más cuando están más expuestas a la crisis y al encierro.

Pero también hay otros que esta vez sí pueden decir que el día del padre es todos los días. Y, en este caso, no es un lugar común. Para muchos hombres la paternidad era un beso por la noche, un domingo de ir a la plaza a andar en bici, una buscada del colegio a fútbol con media hora de remis paterno, un acto escolar por mes, una reunión de padres y alguna película con pochoclos de sábado por la tarde.

Esa paternidad por ráfagas o paréntesis en la agenda dio paso a una paternidad full life en donde no hay que llevar ni traer, sino que se convirtió en un campamento sin mochilas, un lugar donde quedarse sin puertas de salida (¡y a veces la crianza dan ganas de que haya puertas de emergencia!) y en que la convivencia obligada cambió el tiempo, el espacio y el vínculo familiar.

No es un rinconcito de luz, ni media hora de control mental para soportar un berrinche, ni llevar una bandeja cargada de papas fritas que termina en un tacho ajeno ¡y a la cama! No hay sueño para quienes tienen que velar para que las pesadillas de sus gurices no terminen en insomnio o en un miedo que no se despeja jugando a las figuritas en el patio del colegio.

Ya no hay horas ni espacios en donde ser padre no sea parte del todo y no solo una parte de la vida en la que los hijos entran y salen como un accesorio. La maternidad siempre es tan única pero diferente. Pero lleva a esos primeros meses de licencia y lactancia a un estado que se parece tanto a la cuarentena: el puerperio.

Muchos, aunque no lo sepan, están pasando por esta cuarentena como un #papáupaerperio (porque son papás que ahora tienen a sus hijos pidiéndoles upa a tiempo completo o aprenden a cocinar, hablar y trabajar sin salir), un tiempo infinito a pura ganancia de compartir el tiempo sin rebanar las horas en cuchillo, con una angustia que pende de un hilo y modificaciones subjetivas que no pueden equipararse en serie, pero que llevan a valorizar profunda y constantemente el vínculo vital con quienes comparten la vida.

Ahora –para la mayoría que no sale- todo lo que se hace se hace con el o los hijos mirando, pidiendo, demandando, esperando o participando. No hay que adornar con guirnaldas una situación angustiante, olvidar que los chicos y chicas tienen que salir y conectarse con amigos y compañeras, ni pensar que una crianza en colecho de casa -sin conexión exterior- es un buen método para volver el tiempo atrás (pero con un reloj de arena). Pero sí se puede sacar provecho del paréntesis que abre la cuarentena y reforzar la paternidad con más presencia, tiempo, paciencia, disfrute, tareas, prioridades, estrategias y humor (mucho humor).

El aislamiento ya lleva más de noventa días. La cifra tiene una correlación directa con los días establecidos por ley para la licencia por maternidad. El anacronismo aberrante que la licencia por paternidad sea de dos días no tiene ninguna lógica (¡la semana santa es más larga que el welcome a un pibito que acaba de ver la luz!), aunque sí una historia, en la que la madre se queda, cuida, sale de su vida ordinaria, deja de salir (al menos como salía antes) y vuelve su cuerpo, su tiempo y su vida una forma de acunar, cuidar, crear y deambular.

Sin lugar a dudas, en la agenda parlamentaria de finales del 2020 /principios del 2021 tiene que estar la extensión de la licencia parental (que para algunos empleados públicos ya es de diez días y para algunos proyectos parlamentarios de una quincena) a un mínimo de treinta días.

Sin un chapuzón de realidad de la energía, tiempo y trabajo que implica la llegada de los recién nacidos y un freno a la demanda y la libido laboral (que muchos usan de cable a tierra, salida de escape de las noches en vela y fuente de toda inspiración) es imposible que la actitud masculina cambie y aumente su participación en las tareas del hogar y de la crianza.

El mayor compromiso trae más goce (porque los lazos de amor, el juego y el aprendizaje mutuo son pura ganancia) pero también conllevan derecho a queja. Así como la maternidad ya salió del closet de la abnegación y la felicidad sin agujeros de oscuridad, rabia y miedo si la paternidad es más real y menos de agencia de publicidad puede exhalar sus conflictos.

En una excelente nota sobre este fenómeno en la revista Anfibia “Pandemia, aislamiento y paternidades: ¿Qué aprendemos los varones padres?”, el investigador del Conicet Daniel Jones grafica este fenómeno y muestra cómo las redes sociales están mostrando el libro de infortunios de los papis full life.

“Vía grupos de WhatsApp o en Facebook, mediante memes, comentarios irónicos o frases que reflejan la necesidad de desahogo, algunos varones descubren que asumir el ejercicio de la paternidad y las tareas de cuidado 24×7 no sólo es físicamente extenuante, sino que no siempre constituye una fuente de felicidad personal y realización individual (aunque posiblemente sea más satisfactorio que tareas domésticas como la limpieza)”.

En la nota, Jones traza qué paternidades nacen con la pandemia: “Padres que ven el aislamiento como una oportunidad para conectarse con sus hijxs, jugar, hablar y conocerse más, sin el trajín de la rutina cotidiana extra-doméstica, aunque en medio de la convivencia puedan sentir que los días pasan y, frente a tantas responsabilidades y tareas, no la están aprovechando. Padres que tratan de mantener a raya sus miedos por el virus, el aislamiento y las consecuencias económicas que la crisis dejará en la vida propia y de los seres queridos. Padres que ante sus hijxs disimulan la creciente sensación de incertidumbre y vulnerabilidad. Padres que experimentan tristeza y angustia por extrañar a sus hijxs, a quienes no pueden ver ni cuidar con la frecuencia que lo hacían, y no temen expresarlo públicamente”.

La reforma, por supuesto, implica muchos debates y necesariamente tiene que tener una perspectiva inclusiva, acentuar la mayor participación de los varones en los cuidados familiares, comprender las realidades de las familias diversas, contemplar mejores licencias para los casos de adopción y fertilización asistida, mayor contemplación para las madres o padres solos, entre otras realidades que fortalecen los vínculos familiares pero no los homogeneizan a ninguna “familia tipo”.

Porque se trata de eso: de tipos que puedan disfrutar pero también potenciar más la paternidad sin que su rol se ajuste a los que ya conocen sino a lo desconocido, que puede ser mucho mejor.

La cuarentena maternal a veces es desesperante, angustiante, amorosa y explosiva. O todo eso junto y de diferentes maneras, según cada cual y cada una. No es lo mismo quedarse hacinada, que con ayuda, no es igual mirar al verde, que a una pared sin tiempo para lavarse los dientes, no es igual saber que se llega a fin de mes, que sufrir por cada café con leche.

Y no son iguales las ganas de evadirse, leer o salir a correr (¿la fiebre de los runners será una forma de escape a la paternidad de tiempo completo?) cuando no hay recreo de la demanda de alguien que pide jugar sin tregua que tener la hora de tirarse en el piso con las muñecas, armar rompecabezas o contar el mismo cuento en loop mientras la ciudad ya apagó todas sus luces (y el cerebro propio también).

Los procesos no son todos iguales. Pero, para muchos varones esta es la primera vez que pasaron noventa días seguidos con sus hijos, incluso mucho más que las vacaciones o que el tiempo sin que los chiques vayan al colegio.

Esos noventa días que componen la licencia por maternidad mínima implican procesos disimiles para cada una de las madres que lo viven. Están las que salen a tomar un café porque no aguantan más el pijama (como ahora las que se pelean por bajar al chino o calzarse las zapatillas para cerrar la puerta del kaos familiar al menos por un rato (incluso cronometrado); las que quieren volver a la oficina para hablar con gente adulta sin decir aja-ajo-aji y ser regenteadas por la suegra, la vecina o la amiga que oficia de experta en entrenar a madres primerizas en cada decisión.

Los 90 días de encierro con los hijos (que antes solo pasaba en la licencia maternal y ahora también en cuarentena) provocan distintas reacciones: están las que lloran en el baño de solo pensar en despegar la vida piel con piel con el bebé, las que sueñan con ver una película sin ser interrumpidas, las que aprovechan las madrugadas para escribir los proyectos que en la abulia del ocio sin presiones jamás se les ocurrían, las que extrañan pestañear (o confiesen que mirar el celular) sin ser vigilanteadas por el bebé que toma la teta y mira si ellas las miran pero no quieren tener que marcar tarjeta y quedarse post reunión y tener que dejar la lactancia exclusiva. Y así.

No hay una forma de vivir los noventa días en los que el mundo gira para adentro para las madres. Tampoco tiene que existir una fórmula para ser un padre de tiempo y espacio completo. Pero serán muchos los que no saldrán igual después de esta licencia inesperada de vida exterior en el que la intimidad pasó a ser la vida misma (aunque, tal vez demasiado, conectada con la realidad y la demanda virtual). ¿Habrá una nueva paternidad después de esta nueva normalidad?

El papáuparperio masculino por DNU (no les dan a elegir porque, como pasa con las licencias extendidas de los países nórdicos, serían muy pocos las que lo elegirían) que se produce en el aislamiento social, preventivo es, sí, obligatorio. Sin embargo, no es conservador y se aplica solo a los que permanecen juntos como muñecos de torta arriba de la crema de repostería y la familia de publicidad de lavandina (perdonen la obsesión pero solo puedo pensar en lavandina en estos tiempos).

Por supuesto, también vale para quienes comparten su tiempo entre su casa y la de la mamá (otro padre, ex pareja o el formato que sea) porque, sea como sea, el tiempo compartido no está fraccionado por cumpleaños, salidas, peloteros, fichines, abuelas, escuela, actividades y visitas.

Aunque sí por la recarga de tareas, deberes, zoom escolares que propondría un poco de apagón antes que la mater y paternidad no banquen más el software de la hiper exigencia escolar y la tensión de 220 voltios que se produce con las hijas e hijos por la recarga de roles de padre, docente, compañero y preceptor que no soportaría ni un super papila cuando hay que explicar cuentas, exigir la tarea, pedir concentración, sacar de los dibujos para estudiar o mirar la clase por pantalla sin el estímulo de salir al patio en el recreo.

Si los separados que compartían domingos y jueves a partir de la salida del colegio y viernes por la mañana ahora están conociéndose con sus criaturas sin pater interruptus (porque, en general, se aggiornaron los acuerdos a estancias más largas en cada casa para no ir y venir tanto) como perros que se olfatean la cola y se descubren, se cansan, se aguantan, se escuchan y se agobian no es sin conflicto, sino entendiendo el conflicto como parte del crecimiento.

Las relaciones más prolongadas (aún con los hijes) también traen agobio, justamente, como parte de la asfixia que produjo, históricamente, el encierro y la sobrecarga de tareas, la exigencia y la culpa en las madres. Por eso, tantos libros traducen tan bien la necesidad de zafar del corset materno como “Mamá mala”, de Carolina Justo Von Lurzer, de Editorial Hekt o “Mamá desobediente (una mirada feminista a la maternidad)”, de Esther Vivas, de Ediciones Godot.

Para que haya más padres plantados, presentes y potentes también hace falta más narrativa sobre esa paternidad sin molde (pero no necesariamente desmoldeada). Un libro que valoriza esa experiencia y expresa también el agobio es “La vida de un padre abrumado”, de Iñaki Echeverría, de Sudamericana. Ahora, en cuarentena, los dibujos sobre el agobio recargado son una visión clara del efecto del encierro.

Los cambios requieren de nuevos pactos, incluso, de formas más libres, personales y dinámicas de poder generar esos pactos. Y también que los varones comprendan que los cambios les sacaron mochilas de encima. Antes no era que ser proveedores era solo un mandato cultural, era una realidad, que pesaba solo sobre sus hombros y ese peso se equilibró y mucho.

Los hogares en donde solo el varón aporta a la economía del hogar cayeron de un 52 por ciento a un 22 por ciento entre 1986 y 2019, según el informe del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec) “Día del Padre: el sostén económico de los hogares es cada vez más compartido”.

La presión económica exclusiva sobre los varones de tener que ser los que consiguieran dinero para techo, educación, salud y comida bajo treinta puntos desde el 86 (seguro que recuerdan ese año por el Mundial de México). Pero fue más fácil para Maradona esquivar a los ingleses y llegar al arco que para las mujeres esquivar la carga de las tareas domésticas y el cuidado de hijas e hijos (y también padres, madres y personas dependientes). Y todavía no hay ningún gol en el tablero de la democracia doméstica.

Los hogares donde ambos progenitores sostienen económicamente el hogar se incrementaron de 23 por ciento al 40 por ciento de los ochenta a la actualidad. Se duplicó la cantidad de mujeres que también pagan las cuentas y juntan para el puchero o irse de vacaciones. En relación al dinero (y nadie dice nunca y menos en una crisis que la necesidad económica no apriete) la mayoría de los hombres ya no están tan solos como única fuente de ingresos.

¿Se duplicaron los hogares en donde se comparte igualitariamente el sostén económico? Si. ¿Pero se duplicó la cantidad de varones que comparten equitativamente las tareas de la casa? No ¿Se duplicó el tiempo de los varones para limpiar, cocinar, hacer los deberes escolares o ver que los chicos coman frutas? No.

En una comparación de mandatos sociales, machismos históricos y vigentes y costos y beneficios los varones salen más beneficiados de la igualdad con las mujeres al repartir en la balanza el peso de ser proveedores que las mujeres de la igualdad con los varones ya que la igualdad en el reparto del trabajo no remunerado no creció de la misma manera que su aporte con trabajo remunerado para mantener a sus familias.

Las deudas a veces son claras y ya entraron en default aunque la sociedad no se alarma. “De hecho, cuando los varones no habitan en el mismo hogar que sus hijos/as, como el caso de las parejas separadas o divorciadas, suele incumplirse la responsabilidad de brindarles apoyo económico. Del total de hogares monomarentales, solo 32 por ciento recibe ingresos por cuota de alimentos. Esta insuficiencia se da en todos los sectores socioeconómicos: solamente la mitad de los padres de los sectores de mayores ingresos y uno de cada cinco en los de menores ingresos cumplen con la cuota alimenticia”, grafica el informe del Cippec.

Por eso, se requiere un sistema federal de cuidados. Hay que incentivar la participación y responsabilidad paterna y descargar la mochila que tiene exceso de equipaje en la espalda materna. Pero no es un tema privado, es una cuestión pública.

“Las transformaciones de las estructuras de los hogares requieren que las políticas públicas estén en sintonía con sus necesidades diversas. Sin embargo, el abordaje del Estado sigue suponiendo una familia nuclear tradicional, donde papá trabaja y mamá cuida”, apunta José Florito, coordinador del Programa de Protección Social de CIPPEC.

Por eso, el día del padre no es un día. Y esta cuarentena es una buena oportunidad para pensar la paternidad en lo personal, lo familiar y lo político. Que la nueva normalidad les permita ver lo anormal que es cuidar sin tregua y los cuidados se vuelvan un desafío compartido.

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