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Coronavirus en Argentina: la historia de 8 “héroes anónimos” que le hacen frente a diario con sus trabajos esenciales

Los sentimientos que los atraviesan son similares. Miedo, incertidumbre y sobre todo orgullo por aportar su granito de arena desde el lugar que les toca en tiempos de pandemia y confinamiento obligatorio. Mientras muchos de sus familiares se quedan en su hogar y algunos hasta tuvieron que separarse momentáneamente por la situación, ellos salen a la calle a trabajar porque, simplemente, lo tienen que hacer. Infobae recolectó ochos historias de trabajadores esenciales, que cumplen con sus labores de igual manera que antes de la crisis que generó el coronavirus, y que se expandió alrededor del mundo encerrando a gran parte de la población en sus casas como única forma combatirlo.

Ana Báez, 22 años, siempre soñó con ser agente de policía. Tal vez porque su abuelo, que falleció hace siete años, se lo inculcó cuando salía todas las mañanas con el uniforme policial de la provincia de Buenos Aires. Pero cuando su hermana gemela se inscribió para ser parte de la Policía Federal, ella no lo dudó e hizo mismo, pero en la Policía de la Ciudad. Aunque esa no es su única vocación. Ella también es corredora de cuatriciclos y motos. Hace tres años que Ana es parte de la fuerza y es del grupo Delta de la División motorizada.

No sólo eso, sino que es la única mujer en toda la policía porteña que patrulla a bordo de un cuatriciclo. Ana trabaja en la comisaría 2B en el barrio de Recoleta y desde que comenzó la cuarentena su labor cambió. Antes perseguía motochorros, ahora anda a pie ayudando a los vecinos, a veces en distintos controles o supervisando que la gente que no tenga que salir se quede en su casa. “Colaboramos con tránsito, a veces lugares asignados, avenidas. Estamos parados en control poblacional y vehículos, exigimos permiso de circulación y DNI”, cuenta Ana a Infobae.

Al estar todo el día en la calle sabe de los peligros que corre por estar expuesta al virus.“Existe el miedo, sí, pero sé que soy parte de algo más grande. Y eso lo veo en el cambio que tuvo la gente hacia nosotros. Ahora hay mucho más respeto y valoran nuestro trabajo”, dice. Ana viaja todos los días desde Lanús, en moto, para cumplir su labor. “La sensación es de felicidad e incertidumbre, porque hay que tener muchos cuidados y además cuando uno vuelve a casa el miedo está en contagiar al otro”, dice Ana.

Marcela Castro, de 54 años, es barrendera. Trabaja de lunes a sábados cerca la Legislatura porteña. Junto a tres compañeras limpian la peatonal de la calle Perú desde avenida De Mayo hasta Diagonal Sur. Marcela vive en Valentín Alsina, zona sur del conurbano, tiene una hora y cuarto de viaje hasta llegar. Todas las mañanas toma el colectivo y deja a su esposo en casa, porque él no puede salir a trabajar. Desde que comenzó la cuarentena una habitación de su casa de Alsina está vacía, le falta su esencia.

Ese cuarto es el de su hijo Pablo, de 23 años, que es diabético. En un principio vieron la forma de poder vivir con todos los recaudos posibles, sacarse la ropa fuera, usar únicamente sus cubiertos, pero fue imposible. El miedo a contagiarlo era más fuerte. No lo resistía. “Es horrible, sufro mucho por eso pero tengo que priorizar su salud y si ese es el sacrificio que tengo que hacer para cuidarlo que así sea”, dice.

Con respecto a los cuidados por trabajar en el calle, cuenta: “Hacemos todo un protocolo cuando llegó. Me saco los zapatos afuera, los limpio con un trapito y ya tengo otro calzado dentro de casa. La cartera la lleno de alcohol y voy directo al baño. Me ducho y me cambió dentro del baño. Y recién ahí entro en contacto con mi marido”, cuenta.

“Cuando termino de hacer todo eso, recién ahí me siento protegida del monstruo invisible este. Porque está todo el día en mi cabeza. Porque el miedo no es si me agarra a mi, que ya está tengo 53, pero no les quiero joder la vida a mi marido o a mi hijo. Trabajo con miedo, perseguida, si hice bien o hice mal en tocar acá o toca allá, es un cansancio mental terrible. Quiero volver a lo que era antes”, dice. Aunque sabe el peligro que corre todos los días al estar expuesta al virus, su labor la llena por otro lado. Le infla el pecho. Cuando el Presidente dijo que éramos de los esenciales me sentí parte, sentí que podía ayudar. Sentí una importancia que quizá antes de eso no veía”, concluye.

Majo José Mareco, de 41 años, coordina un parador para 150 personas en situación de calle en Lugano. Ella vive Villa Albertina, en Lomas de Zamora, y toma tres colectivos para llegar al trabajo. Desde que comenzó la cuarentena dice que no le pude dar un beso a sus hijas ni a su pareja, pero para ella, ayudar al otro es una responsabilidad en estos momentos de crisis.

No tengo contacto con mi familiam sobre todo con mis padres. Después tomó todas las medidas de precaución dentro de mi casa; sigo con barbijo puesto y guantes. Por precaución, uno nunca sabe a lo que se expone. Es un cuidado hacia la familia. Tomamos distancia, no puedo abrazarlos ni darles un beso. La verdad es que te duele, lo mismo me pasa con mis padres. Todo sea por cuidar al otro y tomar conciencia de todo esto que está pasando”, cuenta.

“Hay personas que te necesitan y no la podes dejarlas de lado, como es el tema de quienes están en situación de calle. Uno tiene que ser consciente de que esto se puede sobrellevar», dice.

Sobre los motivos que la empujan a ir a trabajar todos los días a pesar de saberse expuesta a la enfermedad, señala: ”Está esa parte de humanidad que te corre por la sangre. Porque son personas las que te necesitan y eso es lo que te hace olvidar del miedo: hay alguien que te está esperando y eso te impulsa a trabajar. Uno no puede hacer la vista la gorda. Quizá no les podemos solucionar la vida pero sí les damos un estímulo para que tengan un motivo para seguir”.

Manuel Nievas, de 50 años, es recolector de basura. Trabaja en la zona de Saavedra y vive en Rafael Calzada. Su turno arranca a las 3.15 de la madrugada, que es cuando sube al camión para hacer su recorrido. Está hace 19 años el rubro. Su labor es estar en contacto con los residuos de la gente. Y su trabajo no puede parar. Vive junto a su esposa y sus hijos, uno de ellos también recolector.

Nosotros estamos expuestos al coronavirus, pero tomamos todos los recaudos. Nos dan barbijo guantes, plásticos, el gorro. Antes de eso nos ponen alcohol en gel, nos toman la temperatura. Pero de igual manera estamos expuesto a todo, desde que llego a la empresa hasta que salimos”, dice.

Y cuenta su propio protocolo cuando llega a su casa después de una jornada: “Dejó las zapatillas afuera y me pongo una ojotas. Me sacó todo y esa ropa ya no la uso. Me lavó las manos afuera, donde tengo la pileta”. Además explica cómo cambió el trato dentro de su casa a partir de estar expuesto al virus. “Es feo porque yo antes venía y los saludaba y ahora no puedo, tengo que darle el codo, a mi señora la saludó de lejos”, dice.

Además, sobre de los nuevos fantasmas que aparecieron a partir de la situación, sostiene: “A mi familia le da temor, me preguntan si sé algo… A uno le da miedo contagiarlos a ellos, porque es un tema. Traer al virus y contagiar a todos”, explica.

Jorge Albarracín, de 40 años, es Agente de Prevención de la Ciudad. Dentro de su labor diaria desde que comenzó la cuarentena le tocó estar lugares con grandes focos de contagio. Ahora se sube a los colectivos a corroborar que la gente use el barbijo o tapaboca, pero en un principio estuvo en el operativo de traslado de repatriados que llegaron al aeropuerto de Ezeiza hacia distintos hoteles porteños. “Nosotros estábamos en el mismo foco de donde vienen la mayoría de infectados. Ahí te aferrás hasta a lo más pequeño para poder estar tranquilo, porque sino te volvés loco”, explica.

“Los acompañamos a hacer el check out de migraciones, después los subíamos a los micros y a los hoteles. Teníamos toda la protección: barbijo, guantes, alcohol en gel y distancia entre los pasajeros. Estuve 15 días yendo y viniendo del aeropuerto. Diez horas de trabajo diario”, relata.

Albarracín está casado y tiene dos hijos, de 4 y de 9 años, y vive en Mataderos. “Me da miedo. Porque estás constantemente pensando en lo que puede llegar pasar. Ya no miro el noticiero, antes lo miraba y no dormía».

«Aunque el temor es un sentimiento raro. Porque también lo uso a favor para afrontar las situaciones”, cuenta.

Recuerda el primer día que fue a Ezeiza, al principio estaba con pánico. Nunca había estado en un situación así. Pero cuando se puso a trabajar se olvidó de lo que pensaba y sabía lo que tenía que hacer. “La fragilidad la siento cuando estoy por empezar, después se me va”, cuenta.

«A veces escucho cuando a las 9 de la noche que salen a aplaudir. Salgo, miro y aplaudo. En ese momento algunos vecinos que saben de mi trabajo me miran y mi aplaudan a mi también; parece una pavada, pero te llena. No es fácil igual”, confiesa.

Juliana Lanza, tiene 45 años y es psicóloga. Trabaja en el equipo de factores humanos de SAME, donde hacen la contención psicológica a la población en general y a sus propios compañeros que entran en situaciones de mucha tensión.

Desde que comenzó la pandemia, las jornadas laborales de Juliana se extendieron, los días son más largos. Tiene más trabajo. Y los miedos también aparecen. Pero de otra manera.

“El temor a contagiar a un compañero. Que en realidad si lo tengo que pensar es el temor a contagiarse uno. Pero todo cambió. No nos damos un beso, nos nos abrazamos, la realidad es que el compromiso y el trabajo está mucho más fortalecido. El miedo también es porque hoy tenes un grado de responsabilidad mucho más alto. Vos sabes que si no estás alguien no va a contar con ese servicio. Hay una responsabilidad más grande», dice.

Y agrega sobre las sensaciones diarias. “Me pesa el día porque tengo un alerta que está y que antes no estaba. Atenta si alguien te escribe, si algún compañero necesita algo. Estás todo el tiempo con un foco de atención extra, pero es distinto, hay que aprender a dosificar porque nos queda largo en el tiempo de todo esto”, explica.

Andrea Nievas, de 30 años, es conductora de subte. Trabaja en metrovías, en la línea H. Es la chofer más joven de toda la red. Vive en Alejandro Korn, en el conurbano, y para llegar al trabajo se tiene que tomar un tren más dos combinaciones de subte.

Andrea siente satisfacción de conducir un medio de transporte que pueden utilizar los médicos para ir a cumplir su función. A mi me da orgullo facilitar el viaje de las otras personas a sus trabajos, como los médicos, es esencial el servicio. Siento que pongo un granito de arena y ser parte de la rueda que se necesita para que de alguna manera funcione», dice.

«Si el subte no está sería todo más caótico, me da orgullo que siga funcionando y esto en un momento así «, dice.

Andea también estudia psicología y está terminando su tesis. Vive con su pareja, que también trabaja en el subte, por eso está tranquila y dice que no tiene miedo, que el sentimiento que la interpela es el de la responsabilidad.

Luciana Tucciarelli es médica infectóloga y trabaja en el polideportivo Martín Fierro. Con la irrupción de la pandemia pasó a prestar colaboración en el call center del Ministerio de Salud, donde atiende aquellos llamados que deriva el 107 por ser sospechosos de Covid-19.

Su función es evaluar en profundidad la situación de cada persona que llama, para decidir si amerita enviarle una ambulancia o no según el protocolo y asesorarlos en cómo actuar en cada caso.

También continúa trabajando en la guardia del Hospital Muñiz, con lo cual, su aporte en el frente de batalla de la emergencia es doble.Es algo nuevo a nivel mundial, estamos conociendo la dinámica del virus ahora, por eso los protocolos se ajustan constantemente y nuestro desafío es adaptarnos a los lineamientos que las autoridades definen” dice Luciana. La infectóloga también cuenta que no son pocos los llamados que reciben donde “se contactan pensando que tienen coronvairus, pero al indagar en los síntomas tienen más similitud con dengue”.

Y destaca: “Que la gente llame al 107 es una buena señal, porque es positivo que se queden en casa y no vengan directamente a la guardia”.

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