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¿Cómo despedimos a quienes mueren de “otra cosa”? Relato de un día íntimo con abrazos clandestinos

No sé bien cómo opera la negación en general pero sí dentro de mi casa: Pablo había silenciado su teléfono antes de acostarse. Así que atendí yo, el mío sí estaba prendido, todavía era de madrugada. Identifiqué la largada de la taquicardia apenas leí el nombre de mi cuñada en la pantalla, varios segundos antes de escuchar que Gino, mi suegro, había muerto. El galope irradiando hacia la garganta me ayudó a no tener que decir nada.

¿Se puede hacer un velatorio si alguien no murió de coronavirus? Y si la respuesta es sí, ¿quién iría, si todos los amigos de un hombre de 88 años tienen hoy un cartel pegado en la frente que dice “grupo de riesgo”? ¿Está mal si vamos a la casa de Mimí, su mujer, que acaba de perder a su compañero sin poder despedirse? Como no sabemos qué hacer, hacemos mate. Pablo es el único de los cuatro hijos que tiene menos de 60 años y me aterra la idea de tener que ir a una cremación solos. Pensamos, decidimos tomar un taxi. ¿Andan los taxis?

No había roto las reglas del “distanciamiento social” antes pero abracé fuerte a mi suegra. No me sentí una criminal: no hay decreto de necesidad y urgencia que te diga qué hacer frente a una señora que llora de madrugada en su cocina y cuenta que en dos semanas, el 19 de abril, iban a cumplir 64 años de casados. No sólo la abracé: le sequé las lágrimas de la cara, le agarré las manos frías. También con Susy, una de mis cuñadas, nos dimos un abrazo clandestino, prepandémico.

“Todo mal” si ves la foto, “todo bien” si ves la película completa. Mimí había cuidado a Gino en esta casa de Avellaneda todo lo que había podido pero aquellos primeros desvaríos se habían convertido en demencia senil y, desde enero, Gino estaba en un geriátrico. Mimí había ido a tomar mate con él todas las tardes hasta que la pandemia prohibió las visitas. “Ahhhh, la famosa Mimí”, le decían las enfermeras cuando llegaba. Famosa, porque parece que Gino solía pedir por ella en loop. “¿Y Mimí?”, “¿y mamá?». Estaba triste, como sus hijos y sus nietos, pensando en él: tenían miedo de que, en los raptos de lucidez, Gino creyera que lo habían abandonado.

Por esa restricción es que no pudo despedirse. Mientras comemos torta y nos convertimos en un banco de imágenes de la angustia oral, pienso en la frase “fuerza mayor”. En mi declaración jurada emocional, creo que abrazarnos calificaba dentro de los “motivos de fuerza mayor”. También pienso que le pondría de título “Fuerza mayor” a la historia de una mujer que pierde a su compañero, que sabe cuánto lo que lo va a extrañar pero prefiere eso a seguir viéndolo sufrir.

“En una situación normal habría sido uno de los velatorios más concurridos de la historia”, me escribe una amiga cuando la noticia la despierta. Es una exageración, claro, pero entiendo el punto. Sí hay una especie de velatorio permitido para quienes mueren “de otra cosa”: una hora o dos, fila en la puerta y pasando de a uno, lo mismo que para entrar al Coto. No tengo idea si el plan pre-coronavirus era velar a Gino pero en este contexto está descartado. También la fantasía de tener que ir solos a una cremación.

Sin nada productivo que hacer para llenar el bache, no puedo parar de imaginar quiénes habrían ido a despedirse en “una situación normal”. Es algo que escribe Pablo lo que me hace imaginar la escena.

Sucedió un sábado al mediodía, su papá ya tenía más de 80 años, y hacía medio siglo que atendía la ferretería en la calle Alsina. El plan era pasar a buscarlo y caminar con él las cinco cuadras y media que separaban “la ferre” de esta casa, precisamente para almorzar con Mimí. Gino ya caminaba lento y paraba todo el tiempo a saludar a alguien. No sólo a los porteros que estaban afuera: paraba en los negocios, asomaba la cabeza y se ponía a charlar con los comerciantes conocidos.

Pablo se fastidió. “Yo quería llegar y comer. Sentía que estaba haciendo la caminata a Luján, no llegábamos más”, recordó ahora, solo unas horas después de haberse enterado de la muerte de su papá. Caminaban cuando Gino señaló a un hombre que estaba pidiendo limosna en una silla de ruedas en Mitre y 25 de mayo. “Este es uno de mis ahijados adoptivos”, le contó. “¿Qué ahijado?”, pensó Pablo, “dale, que no llegamos más”.

A lo largo de los 10 metros que los separaban, Gino le dijo que el hombre estaba ciego de un ojo y le faltaba una pierna porque tenía diabetes y que lo conocía desde que era chiquito. Le contó que el nene solía pasar el día dando vueltas sin rumbo por el Hogar Obrero, donde Gino tenía una ferretería, y que siempre terminaba apoyando las manos sucias en la vidriera y mirando con deseo una linterna. Un día Gino salió y se la regaló. Después tuvo que ir a hablar con los de seguridad, que acusaron al nene de habérsela robado.

Gino le dio un billete al hombre mientras Pablo -que dibuja y pinta desde chiquito y suele obsesionarse con la anatomía de las personas-, observó lo distinta que podía ser la diabetes en un chico pobre. A los pies de la silla de ruedas, se rieron de un chiste de ocasión y siguieron. Caminaron cinco metros -”cinco metros más cerca del almuerzo”, dice Pablo- y el hombre de la silla de ruedas le gritó:

—¡Todavía tengo la linterna, eh!

Pablo escribió lo que sigue: “Ese día me di cuenta de la importancia, el impacto y la huella que pueden dejar pequeñas cosas en las vidas de los demás. Quien lo conoció sabe que el viejo iba dejando pequeñas luces en las vidas de los que se cruzaba: linternitas”. Lo que escribió después sería un lugar común en otro contexto, pero no en uno atravesado por la ausencia fresca y la prohibición de salir de casa: “Hoy quisiera caminar esas cinco cuadras y media con vos y que no se terminen nunca”.

Lo leo, lloro todo lo que no pude tapar con la torta, las facturas y el postre almendrado, y me imagino al hombre de la silla de ruedas entrando al velatorio a despedirse. No solían importarme los rituales pero tampoco sé qué se hace cuando los rituales faltan.

Cuando Mimí se calma, mira una misa por televisión grabada. Llega Patri, uno de los nietos de Gino: es kinesiólogo y recién hoy me entero de que trabajó muchos años con su abuelo en la ferretería. Creo que llega con intenciones de no tocar a nadie, pero el intento le dura los pocos segundos que tarda en ver el desconsuelo de su mamá, que ahora está sola en la cocina. Le doy intimidad al abrazo pero en el desarme le miro brazo. Tiene el mismo tatuaje que Pablo: la inicial y el apellido de Gino dentro de una tuerca.

Suenan los teléfonos, llaman hasta los amigos del secundario de los hijos, algunos incluso lloran. No son solo llamados para dar las condolencias de rigor: casi todos tienen algún recuerdo con él. Hablan de cuando empezaron a jugar en el club y él iba a hacer los patys, de cuando iba a hacer los pozos para que la cancha tuviera alambrado. Pablo dice varias veces hoy: “Más que tristeza, siento emoción”.

Sin nada más que hacer, Mimí busca un tupper grande con fotos y empieza a sacar de a una. Vemos los viajes: Junín, Sierra de la Ventana, Mar del Plata. Después busca una foto particular y se atraganta con el llanto antes de contar la anécdota. Dice que Gino le había dicho: “Cuando yo no esté más poné esta foto en el comedor, así estoy igual”. Pablo le acarició la espalda. Todavía nadie se animó pero sé que ahí estará la foto cuando podamos volver a vernos.

Después volvemos a casa en el 17. El chofer está separado de nosotros con un nylon y, en el Puente Pueyrredón, un policía con barbijo sube por la puerta del medio. Nos mira, viene directo y nos pide “el papel del gobierno para circular”. Se lo diría al oído pero se supone que no hay que acercarse así que le digo bajito que “el papá de él se acaba de morir”. No alcanza la verdad para que nos crea y no tenemos certificado de defunción. Lo único que tenemos son un montón de mensajes de whastapp en la pantalla de Pablo que arrancan con “fuerza, loco”, “qué triste noticia” o “aguante Gino”.

Pablo le muestra el teléfono. El policía lee por encima y yo veo el instante preciso en que le cambia la mirada por encima del barbijo. Después le da una palmada prohibida en la espalda y le hace señas al chofer. Ya podemos seguir.

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